Idea central
Spurgeon desenmascara una astuta forma moderna de justicia propia —esperar sentirse suficientemente arrepentido antes de venir a Cristo— y consuela, instruye y exhorta al alma atribulada a venir tal como está, descansando enteramente en el Salvador.
“¿Cuántas iniquidades y pecados tengo yo? Hazme entender mi transgresión y mi pecado”.
Hay muchas personas que anhelan tener un sentido más profundo de su pecaminosidad, y luego, con cierta muestra de escrúpulo concienzudo, inventan una excusa para el ejercicio de la fe simple. Esa enfermedad espiritual, que aleja a los pecadores de Cristo, asume una forma diferente en distintos momentos.
En los días de Lutero, el mal preciso bajo el cual andaban los hombres era el siguiente: creían en la autojustificación, y por lo tanto suponían que debían tener buenas obras antes de poder confiar en Cristo. En nuestros días el mal ha tomado otra forma, la más extraordinaria. Los hombres se han propuesto ser justos por sí mismos de una manera bastante singular, piensan que deben sentirse peor y tener una convicción más profunda de pecado antes de poder confiar en Cristo.
Me encuentro con muchos cientos de personas que dicen que no se atreven a venir a Cristo y confiarle sus almas, porque no sienten suficientemente su necesidad de Él, no tienen suficiente contrición por sus pecados, no se han arrepentido tan plenamente de acuerdo a su rebelión.
Hermanos, es el mismo mal, del mismo viejo germen de la justicia propia, pero ha tomado otra forma, y creo que más astuta. Satanás se ha introducido en muchos corazones bajo el disfraz de un ángel de luz, y le ha susurrado al pecador: "El arrepentimiento es una virtud necesaria, detente hasta que te hayas arrepentido, y cuando te hayas mortificado suficientemente a causa del pecado, entonces estarás apto para venir a Cristo, y calificado para confiar y depender de Él".
Es con ese mal mortal con el que quiero lidiar esta mañana. Estoy convencido de que es mucho más común de lo que algunos piensan.
Y creo que conozco la razón de su gran frecuencia. En la época puritana, que ciertamente se destacó por la pureza de su doctrina, también hubo mucha predicación experimental, y gran parte de ella era sana y saludable. Pero parte de ella no era bíblica, porque tomaba como norma lo que el cristiano sentía y no lo que el Salvador dijo, la inferencia de la experiencia de un creyente, en lugar del mensaje que precede a cualquier creencia.
Ese excelente hombre, el Sr. Rogers, de Dedham, que ha escrito algunas obras útiles, y el Sr. Sheppard, que escribió “El creyente salvo”, el Sr. Flavel, y muchos otros dan descripciones de lo que debe ser un pecador antes de venir a Cristo, que en realidad representan lo que es un santo, después de haber venido a Cristo. Estos buenos hermanos han tomado su propia experiencia, lo que ellos sintieron antes de venir a la luz, como la norma de lo que cualquier otro hombre debe sentir antes de que pueda poner su confianza en Cristo y esperar misericordia.
Hubo algunos en los tiempos puritanos que protestaron contra esa teología, e insistieron en que se debía invitar a los pecadores a venir a Cristo tal como eran, sin ninguna preparación ni de sentimientos ni de acciones. En la actualidad hay un gran número de ministros calvinistas que tienen miedo de hacer una invitación gratuita a los pecadores, y siempre tergiversan la invitación de Cristo así: "Si eres un pecador inteligente, puedes venir", como si los pecadores torpes no pudieran venir. Dicen: "Si sientes tu necesidad de Cristo, puedes venir," y luego describen cuál es ese sentimiento o necesidad, y dan una descripción tan elevada de ello, que sus oyentes dicen: "Bien, yo nunca me sentí así," y temen aventurarse por falta de la calificación.
Fíjense, los hermanos hablan con verdad en algún aspecto. Describen lo que un pecador siente antes de venir, pero cometen un error al poner lo que un pecador siente, como si eso fuera lo que un pecador debe sentir. Lo que el pecador siente, y lo que el pecador hace, hasta que es renovado por la gracia, son todo lo contrario de lo que debería. Siempre nos equivocamos cuando decimos que la experiencia de un cristiano debe ser estimada por lo que otro cristiano ha sentido. No, señor, mi experiencia debe ser medida por la Palabra de Dios, y lo que el pecador debe sentir debe ser medido por lo que Cristo le ordena sentir, y no por lo que otro pecador ha sentido.
Comparándonos entre nosotros, no somos sabios. Creo que hay cientos y miles de personas que permanecen en la duda y la oscuridad, y se hunden en la desesperación porque se les da una descripción y se les exige una preparación para Cristo, a la cual no pueden llegar; una descripción que, por cierto, no es verdadera, porque es una descripción de lo que sienten después de haber encontrado a Cristo, y no de lo que deben sentir antes de llegar a Él.
Ahora bien, con todas mis fuerzas vengo esta mañana a derribar toda barrera que aleje a un alma de Cristo, y como Dios el Espíritu Santo me ayude, a estrellar el ariete de la verdad contra todo muro que se haya levantado, ya sea por la verdad doctrinal o por la verdad experiencial, que aleje de Cristo al pecador que desea venir y ser salvo por Él.
Intentaré dirigirme a ustedes en el siguiente orden esta mañana. Primero, un poco a modo de consuelo, luego, un poco a modo de instrucción, después un poco más sobre discernimiento o precaución, y en último lugar, unas pocas frases a modo de exhortación.
I.Primero, amados, permítanme hablarles a ustedes que están deseando sentir más y más sus pecados, y cuya oración es la oración del texto: "¿cuántas iniquidades y pecados tengo yo? Hazme entender mi transgresión y mi pecado". Permíteme tratar de consolarte.
Debería darte mucho consuelo recordar que los mejores hombres han hecho esta oración antes que tú. Cuanto mejor es un hombre, más ansioso está por conocer lo peor de su caso. Cuanto más se libra un hombre del pecado y más vive por encima de sus faltas y errores cotidianos, más clama: "Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos, y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame por el camino eterno".
Los hombres malos no quieren conocer su maldad, es el hombre bueno, el hombre que ha sido renovado por la gracia, el que está ansioso por descubrir cuál es su enfermedad, para que pueda ser curado. ¿No debería ser, pues, motivo de consuelo para ti, que tu oración no es una oración que pueda salir de los labios de los impíos, sino una oración que han ofrecido constantemente los santos más maduros, los que más han crecido en gracia?
Tal vez esa sea una razón para que no sea ofrecida por ustedes, que en este momento apenas pueden esperar ser santos del todo; sin embargo, debería ser motivo de dulce regocijo que su oración no pueda ser mala, porque los "Amén" del pueblo de Dios, incluso de aquellos que son los padres en nuestro Israel, suben a Dios con ella. Estoy seguro de que mis ancianos hermanos y hermanas en Cristo, ahora presentes, pueden decir unánimemente: "Esa ha sido a menudo mi oración: 'Señor, hazme conocer mis iniquidades y mis pecados, enséñame cuán vil soy, y guíame cada día a Cristo Jesús para que mis pecados sean quitados'".
Deja que esta reflexión también te consuele, han sido varios años en los que nunca has orado así, cuando eras un pecador descuidado. Era lo último que se te ocurriría pedir, no querías conocer tu culpa. ¡No! Tú encontrabas placer en la maldad. El pecado era un dulce bocado para ti, sólo querías que te dejaran en paz para poder pasarlo por debajo de tu lengua. Si alguien te hablaba de tu maldad, preferías te dejen en paz. "Sin duda cometo algunos errores y estoy un poco equivocado, pero no quiero que me lo digan".
La última meditación que se te habría ocurrido hacer habría sido una meditación sobre tu propia criminalidad. Cuando la conciencia hablaba, tú decías: "Acuéstese, señor, cállese". Cuando la Palabra de Dios te llegaba a casa afilada, tratabas de mitigar su filo; no querías sentirla. Ahora, ¿no debería ser un consuelo que hayas experimentado un cambio tan lleno de gracia, que ahora anhelas el mismo sentimiento que en un tiempo no podías soportar?
Ciertamente, hombre, el Señor debe haber comenzado una buena obra en ti, pues no tendrías tales deseos y anhelos como éstos a menos que Él hubiera puesto Su mano en el arado y hubiera comenzado a arar la tierra estéril, seca y dura de tu corazón.
Además, hay otra razón por la que deberías consolarte, es muy probable que ya sientas tu culpa, y lo que estás pidiendo ya lo tienes en medida realizada. Sucede a menudo que un hombre tiene la gracia que busca, y no sabe que la tiene porque comete un error en cuanto a lo que debe sentir cuando tiene la bendición. Ya tiene la bendición que pide a Dios que le conceda.
Permítanme ponerlo en otra forma. Si lo lamentas porque no puedes lamentarlo lo suficiente a causa del pecado, por qué aún lo lamentas. Si te afliges porque no puedes afligirte lo suficiente, por qué aún te afliges. Si es causa de arrepentimiento para ti que tu corazón sea muy duro y que no puedas arrepentirte, por qué aún te arrepientes.
Mi querido oyente, permíteme asegurarte, para tu consuelo, que cuando te arrodillas y dices: "Señor, gimo ante Ti, porque no puedo gemir, no puedo sentir, Señor ayúdame a sentir," pues, sí sientes, y tienes el arrepentimiento que estás pidiendo. Por lo menos tienes el primer grado de él, tienes la semilla de mostaza del arrepentimiento en un grano diminuto. Déjalo, crecerá, cultívalo con la oración y se convertirá en un árbol.
La misma gracia que pides a Dios está hablando en tu misma oración. Es el arrepentimiento que pide a Dios que me arrepienta más. Es un corazón quebrantado que le pide a Dios que lo quebrante. No es un corazón duro que dice: "Señor, tengo un corazón duro; ablanda mi corazón". Ya es un corazón blando. No es un alma muerta que dice: "Señor, estoy muerto, vivifícame". Pues, ya estás vivificado.
No es mudo el hombre que dice: "Señor, soy mudo, hazme hablar". Pues, este ya habla; y ese hombre que dice, "Señor no puedo sentir," pues ya siente. Él ya es un pecador sensible. Así que tú eres justo el hombre a quien Cristo llama a Él. Esta experiencia tuya, que piensas que es todo lo contrario de lo que debería ser, es justo lo que debería ser.
Oh, consuélate en este sentido. Pero no te quedes acomodado en él, siéntete lo suficientemente consolado para que corras a Jesús ahora, tal como eres.
Yo te considero, pecador, justo el hombre que el ministro siempre está buscando. Cuando decimos que Cristo vino para que se diera de beber a los sedientos, tú eres precisamente el hombre al que nos referimos: tú tienes sed. "No", dices, "no siento que tenga sed, sólo desearía tenerla". Pues ese deseo de sentir sed es tu sed. Eres exactamente el hombre, estás mucho más cerca de este tipo que si dijeras: "Tengo sed, tengo la cualificación". Pero porque piensas que no la tienes, es una prueba más clara de que tienes esta cualificación, si es que existe una cualificación.
Cuando digo: "Venid a Cristo todos los que estáis trabajados y cargados", y tú dices: "Oh, no me siento lo suficientemente cargado", tú eres el hombre al que se refiere el texto. Y cuando yo digo, "El que quiera, que venga," y tú dices, "Quisiera estar más dispuesto, quiero en verdad estar dispuesto," pues, tú eres el hombre. Es sólo una de las argucias de Satanás, un poco de la lógica infernal del infierno para alejarte de Cristo.
Sé rival para Satanás esta vez y dile: "Demonio mentiroso, me dices que no siento lo suficiente mi necesidad de un Salvador. Sé que siento mi necesidad, y en la medida en que anhelo sentirla, la siento. Cristo me pide que vaya a Él, y yo iré, ahora, esta mañana. Confiaré mi alma, tal como es, en las manos de Aquel cuyo cuerpo colgó del madero. Me hunda o nade, aquí estoy descansando en Él, y aferrándome a Él como la roca de mi salvación".
Toma entonces estas palabras de consuelo.
II.Ahora debo pasar a mi segundo punto y dar unas palabras de instrucción.
Y así, oyente mío, anhelas ansiosamente saber cuántas son tus iniquidades y tus pecados, y tu oración es: "Señor, hazme conocer mis transgresiones y mis pecados." Permíteme instruirte entonces, en cuanto a cómo Dios contestará tus oraciones. Dios tiene más de una manera de responder a la misma oración, y aunque las maneras son diversas, todas son igualmente útiles y eficaces.
A veces sucede que Dios responde a esta oración permitiendo que un hombre caiga en pecados cada vez más graves. En nuestra última reunión de la iglesia, un hermano, al contar su experiencia de cómo fue llevado a Dios, dijo que no podía sentir su culpa, que su corazón era muy duro, hasta que sucedió un día que fue tentado a decir una falsedad, y apenas la hubo dicho, sintió qué criatura despreciable era al decir una mentira a otro. De modo que aquel único pecado le hizo ver lo engañoso y vil de su propio corazón, y desde aquel día, nunca tuvo que quejarse de que no sentía suficientemente su culpa, sino que, por el contrario, se sentía demasiado culpable para venir a Cristo.
Creo que muchos hombres que han sido educados moralmente, que han sido formados de tal manera que nunca han caído en pecado grave, encuentran muy difícil decir: "Señor, me siento pecador". Sabe que es un pecador y lo reconoce como un hecho, pero no puede sentirlo del todo.
Y he conocido a hombres que a menudo han envidiado a la ramera y al borracho, porque dicen: "Si yo fuera como ellos, sentiría más amargamente mi pecado, y sentiría que soy uno de aquellos a quienes Jesús vino a salvar". Puede ser, aunque espero que no sea así, que Dios permita que caigas en pecado. Dios quiera que nunca suceda, pero si alguna vez sucede, entonces tendrás motivo para decir: "Señor, soy vil, ahora mis ojos me ven, me humillo en polvo y ceniza, a causa de este mi gran pecado".
O, quizás, no caigas realmente en el pecado, sino que seas llevado al borde mismo del mismo. ¿Alguna vez supiste lo que era ser alcanzado repentinamente por una tentación ardiente, sentir como si la fuerte mano de Satanás te hubiera agarrado por los lomos y te estuviera arrastrando, sin que supieras hacia dónde, ni por qué, ni cómo, sino contra tu voluntad al borde mismo del precipicio de algún tremendo pecado? , y seguías y seguías, hasta que, de repente, justo cuando estabas a punto de zambullirte en el pecado, se te abrieron los ojos y dijiste: "Gran Dios, ¿cómo he llegado hasta aquí yo, que odio esta iniquidad?, Yo, que la aborrezco?, y, sin embargo, mis pies casi habían cedido, mis pasos casi habían resbalado".
Entonces en el retroceso dices: "Gran Dios, sostenme, porque si no me sostienes, caigo de verdad". Entonces descubres que hay un pecado innato en tu corazón al que sólo le falta la oportunidad para brotar, que tu alma es como un polvorín, al que sólo le falta la chispa, y vendrá una terrible catástrofe, que estás lleno de pecado, de sombría iniquidad y de maquinaciones malvadas, y que sólo le falta la oportunidad y una fuerte tentación para destruirte en cuerpo y alma, y eso para siempre. Sucede a veces que así responde Dios a esta oración.
Un segundo método por el cual el Señor responde a esta oración es abriendo los ojos del alma, no tanto por providencia como por la misteriosa agencia del Espíritu Santo. Permítame decirle, oyente mío, que si alguna vez se le abren los ojos para que vea su culpa, descubrirá que es el espectáculo más terrible que jamás haya contemplado.
He tenido tanta experiencia de esto como cualquiera de ustedes. Durante cinco años, cuando era niño, no había nada ante mis ojos excepto mi culpa, y aunque no vacilo en decir que quienes observaron mi vida no habrían visto ningún pecado extraordinario, sin embargo, cuando me miraba a mí mismo, no había un día en que no cometiera pecados tan groseros, tan ultrajantes contra Dios, que a menudo y con frecuencia he deseado no haber nacido.
Conozco la experiencia de John Bunyan cuando dijo que deseaba haber sido una rana, o un sapo, en lugar de un hombre, tan culpable se sentía de serlo. Ustedes saben cómo es con ustedes mismos. Es como cuando un ama de casa limpia su habitación, mira y no hay polvo, el aire está limpio y todos sus muebles brillan intensamente. Pero hay un resquicio en el postigo de la ventana, entra un rayo de luz y se ve el polvo moviéndose de arriba a abajo, miles de granos en el rayo de sol. Está por toda la habitación igual, pero ella no puede verlo, sólo donde brilla el rayo de sol.
Así sucede con nosotros, Dios envía un rayo de luz divina al corazón, y entonces vemos cuán vil y lleno de iniquidad está. Confío, oyente mío, en que tu oración no sea contestada como lo fue en mi caso, con una convicción terrible, sueños horribles, noches de miseria y días de dolor. Ten cuidado, estás haciendo una oración tremenda cuando le pides a Dios que te muestre tu maldad. Es mejor que modifiques tu oración y la expreses así: "Señor, permíteme conocer lo suficiente de mi iniquidad para llevarme a Cristo, no tanto como para alejarme de Él, no tanto como para llevarme a la desesperación, sino sólo lo suficiente como para terminar toda confianza en mí mismo, y ser conducido a confiar únicamente en Cristo". De lo contrario, como Moisés, puedes verte obligado a gritar en un ataque de agonía: "Oh Señor, te ruego que me mates de una vez, si he hallado gracia ante tus ojos, y no me dejes ver mi miseria".
Aun así, sin embargo, la cuestión práctica se repite, y usted me pregunta de nuevo: "Dígame cómo puedo sentir la necesidad de mi Salvador". El primer consejo que te doy es éste: especifica tus pecados. No digas: "Soy un pecador". Esto no significa nada, todo el mundo dice eso. Pero di esto: "¿Soy un mentiroso? ¿Soy un ladrón? ¿Soy un borracho? ¿He tenido pensamientos impuros? ¿He cometido actos impuros? ¿Me he rebelado a menudo contra Dios? ¿Me enojo a menudo sin causa? ¿Tengo mal carácter? ¿Soy codicioso? ¿Amo más este mundo que el venidero? ¿Descuido la oración? ¿Desatiendo la gran salvación? Plantea las preguntas sobre cada punto, y pronto te convencerás mucho más fácilmente que considerándote en general como un pecador.
He oído hablar de un antiguo monje hipócrita que solía quejarse, mientras se azotaba la espalda tan suavemente como podía: "Señor, soy un gran pecador, tan gran pecador como Judas", y cuando alguien decía: "Sí, eso eres; eres como Judas, un vil viejo hipócrita", entonces él decía: "No, no lo soy". Luego continuaba: "Soy un gran pecador". Alguien diría, "Eres un gran pecador, rompiste el primer mandamiento," y entonces él diría, "No, no lo he hecho". Entonces cuando él continuara y dijera, "Soy un gran pecador," alguien diría, "Sí, has quebrantado el segundo mandamiento," y él diría, "No, no lo he quebrantado," y lo mismo con el tercero y el cuarto, y así sucesivamente.
Así sucedió que él había guardado los diez mandamientos según su propia estimación, y sin embargo seguía gritando que era un gran pecador. Aquel hombre era un hipócrita, pues si no había quebrantado los mandamientos, ¿cómo podía ser pecador? Encontrarás que es mejor no detenerte en tus pecados en conjunto, sino escribirlos, contarlos y mirarlos individualmente, uno por uno.
Entonces permítanme aconsejarles que a continuación escuchen un ministerio personal. No se sienten donde el predicador les predica en plural, sino donde trata con ustedes por individual, a cada uno de ustedes. Busquen a un predicador como Rowland Hill, de quien se dice que si se sentaban en el asiento de atrás en el salón, siempre tendrían la noción de que el Sr. Hill se refería a éstos, o que si se sentaban en la puerta donde él no podía verlos, sin embargo estaban convencidos de que él sabía que estaban allí, y que les estaba predicando directamente a ellos. Me pregunto, en verdad, si los hombres pueden alguna vez sentir sus pecados bajo algunos ministros, ministros elegantes, intelectuales, respetables, que nunca hablan a sus oyentes como si hubieran hecho algo malo.
Digo de estos caballeros lo que Hugh Latimer dijo de muchos ministros en su día, que son más aptos para bailar una danza Morris que para tratar con las almas de los hombres. Creo que hoy en día hay algunos más aptos para dar conferencias inteligentes y presentar cosas agradables para calmar las mentes carnales, que para predicar la Palabra de Dios a los pecadores. Queremos que vuelvan hombres como Juan el Bautista y Boanerges, necesitamos hombres como Baxter para predicar,
"Como si no pudieran volver a predicar,
¡Como moribundos a moribundos!"
Queremos hombres como John Berridge, que se hayan quitado la venda de la boca hace años y no puedan decir palabras bonitas, hombres que impacten fuertemente, que tensen el arco y lancen la flecha hasta el centro, y la envíen directamente al objetivo, apuntando mortalmente al corazón y a la conciencia de los hombres, arando profundamente, golpeando en las lujurias privadas y en los pecados abiertos, no generalizando sino particularizando, no predicando a los hombres en masa sino a los hombres en detalle, no a la muchedumbre y a la multitud, sino a cada hombre por separado e individualmente. No te ofendas con el ministro si se acerca demasiado a ti, recuerda que ese es su deber. Y si el látigo te rodea y te hiere, da gracias a Dios por ello, alégrate.
Permítanme, si me siento bajo un ministerio, sentarme bajo un hombre que use el cuchillo conmigo algunas veces, un hombre que no me escatime, un hombre que no me adule. Si debe haber adulación en alguna parte, que no sea de ninguna manera en el púlpito.
El que trata con las almas de los hombres debe tratarlas muy claramente; el púlpito no es lugar para palabras bonitas, cuando tenemos que tratar con las solemnidades de la eternidad. Sigan ese consejo, entonces, y escuchen un ministerio personal, que impacta en el centro.
Además, si quieres conocer tus pecados, estudia mucho la ley de Dios. Tened a menudo ante los ojos el capítulo veinte del Éxodo, y tomad con él como comentario el sermón de Cristo, y el discurso de Cristo cuando dijo: "El que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón". Comprended que los mandamientos de Dios no significan solo lo que ellos muestran en las palabras, sino que tocan el pensamiento, el corazón, la imaginación. Piensa en esa frase de David: "Tus mandamientos son sobremanera amplios". Y así, creo, pronto llegarás a detectar la atrocidad de tu pecado, y la negrura de tu culpa.
Y si quieres saber aún más, dedica un poco de tiempo a contemplar el fin fatal de tu pecado, si mueres impenitente. Atrévete a mirar hacia abajo, hacia ese fuego que debe ser tu perdición eterna, a menos que Jesucristo te salve.
Sé sabio, pecador, y mira la cosecha que seguramente recogerás si siembras cizaña, a veces deja que estas palabras resuenen en tus oídos: "Estos irán al castigo eterno." Abre tus oídos y escucha el final de este texto: "Donde hay lloro, gemido y crujir de dientes". Deja que un pasaje como éste sea meditado en tu alma: "Los impíos serán arrojados al infierno con todas las naciones que se olvidan de Dios". Estos solemnes pensamientos pueden ayudarte. Libros como Allaine's Alarm, Baxter's Call to the Unconverted, Doddridge's Rise and Progress, pueden tener un buen efecto en tu mente, ayudándote a ver la grandeza de tu culpa, haciéndote meditar sobre la grandeza de su castigo.
Pero si quieres tener una manera mejor y más eficaz todavía, te doy otro consejo. Dedica mucho tiempo a pensar en las agonías de Cristo, pues la culpa de tu pecado nunca se ve tan claramente en ninguna parte como en el hecho de que mató al Salvador. Piensa qué cosa tan mala debe ser la que le costó la vida a Cristo para salvarte a ti.
Considera, digo, pobre alma, cuán negra debe ser esa vileza que sólo podría ser lavada con Su preciosa sangre; cuán graves esas ofensas que no podrían ser expiadas a menos que Su cuerpo fuera clavado en el madero, Su costado traspasado, y a menos que muriera con fiebre y sed, clamando: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?".
Vayan al huerto al pie del Monte de los Olivos, y vean al Salvador en Su sudor de sangre. Id a la sala de Pilato y vedle en sus vergonzosas acusaciones. Id a la sala de la guardia pretoriana de Herodes, y ved allí cómo los poderosos despreciaron a Cristo. Y ve, por último, al Calvario, y contempla ese espectáculo de dolor, y si esto no te muestra la negrura de tu pecado, entonces nada podrá hacerlo.
Si la muerte de Cristo no te enseña que necesitas un Salvador, ¿qué remedio queda para un corazón tan duro, para un alma tan ciega como la tuya?
Así os he dado palabras de instrucción. No las olvidéis, ponedlas en práctica. No seáis solamente oidores, sino hacedores de la Palabra.
III. Y ahora, muy brevemente, unas frases a modo de discernimiento.
Anhelas, oyente mío, conocer tu gran culpa y sentir tu necesidad de Jesús. Ten cuidado de distinguir entre la obra del Espíritu y la obra del diablo. Es la obra del Espíritu hacerte sentir pecador, pero nunca fue Su obra hacerte sentir que Cristo podía olvidarte. Es obra del Espíritu hacer que te arrepientas del pecado, pero no es obra del Espíritu hacer que desesperes del perdón, eso es obra del diablo.
Ustedes saben que Satanás siempre trabaja tratando de falsificar la obra del Espíritu. Así lo hizo en la tierra de Egipto. Moisés extendió su vara y convirtió todas las aguas en sangre. Salieron Janes y Jambres y con su astucia y su falsificación, hicieron traer una gran cantidad de agua y la convirtieron en sangre. Entonces Moisés llena la tierra de ranas; los hechiceros sin gracia tienen un espacio despejado y lo llenan de ranas, así se opusieron a la obra de Dios pretendiendo hacer la misma obra, así hará el diablo contigo.
"¡Ah!" dice Dios Espíritu Santo, "pecador no puedes salvarte a ti mismo". "¡Ah!" dice el diablo, "y Él tampoco puede salvarte". "¡Ah!" dice Dios Espíritu Santo, "tienes un corazón duro, sólo Cristo puede ablandarlo". "¡Ah!" dice el diablo, "pero Él no lo ablandará a menos que tú lo ablandes primero". "¡Ah!" dice Dios Espíritu, "no tienes cualificación, estás desnudo y arruinado, y deshecho". "Sí", dice el diablo, "es inútil que confíes en Cristo, porque no tienes nada bueno en ti, y no puedes esperar ser salvado." "¡Ah!" dice Dios Espíritu, "no sientes tu pecado, eres duro para arrepentirte, a causa de tu dureza." "¡Ah!" dice el diablo, "y porque eres tan duro de corazón Cristo no puede salvarte".
Ahora aprende a distinguir entre lo uno y lo otro. Cuando un pobre penitente piensa a veces en destruirse a sí mismo, ¿crees que eso es obra del Espíritu? "Es obra del diablo, 'fue homicida desde el principio'". Un pecador dice: "Soy tan culpable, que estoy seguro de que nunca podré ser perdonado". ¿Es esa la enseñanza del Espíritu, esa mentira? Eso viene del padre de la mentira.
Ten cuidado, siempre que leas una biografía como la de ”Gracia Abundante” de John Bunyan, mientras lees, di: "Esa es la obra del Espíritu, Señor envíame eso", "Esa es la obra del diablo, Señor guárdame de eso".
No desees que el demonio haga pedazos tu alma, cuanto menos tengas que ver con él, mejor, y si el Espíritu Santo mantiene a Satanás alejado de ti, bendícele por ello.
No esperes a tener los terrores y horrores que algunos tienen, sino ven a Cristo tal como eres. No quieres esos terrores y horrores, de poco te sirven. Permíteme recordarte otra cosa, te pido que no te familiarices con tus pecados como para esperar conocerlos todos, porque no puedes numerarlos con la pobre aritmética del hombre.
Young, en sus “Pensamientos Nocturnos”, dice: "Dios oculta a todos los ojos, excepto a los Suyos, esa visión desesperada: el corazón humano". Si supieras sólo la décima parte de lo malo que has sido, te volverías loco. Tú, que has sido el más moral, el más excelente en carácter, si todos los pecados pasados de tu corazón pudieran presentarse ante ti en su negrura, y pudieras verlos en su verdadera luz, estarías en el infierno, pues en verdad es un infierno descubrir la pecaminosidad del pecado.
¿Quieres decir que te arrodillarías y le pedirías a Dios que te enviara al infierno, o que te volviera loco? No seas tan necio, di: "Señor, permíteme conocer mi culpa lo suficiente para conducirme a Cristo, pero no satisfagas mi curiosidad haciéndome saber más, no, dame lo suficiente para hacerme sentir que debo confiar en Cristo, o de lo contrario estaré perdido, y estaré bien contento si me das eso, aunque me niegues más".
Una vez más, mis queridos oyentes, escuchen esta siguiente advertencia, porque es muy importante. Tengan cuidado de no tratar de hacer una justificación de sus sentimientos. Si ustedes dicen: "no puedo ir a Cristo hasta que sienta mi necesidad de Él" (eso es una clara legalidad), están totalmente equivocados, porque Cristo no quiere que sientan su necesidad para prepararse para Él, Él no quiere ninguna preparación, y cualquier cosa que piensen que es una preparación, es un error. Has de venir tal como eres hoy, tal como eres, ahora; no como serás, sino justo ahora, tal como eres ahora.
No les digo: "Vayan a casa y busquen a Dios en oración", les digo: "Vengan a Cristo ahora, en esta misma hora", nunca estarán en un estado mejor del que están ahora, pues nunca estuvieron en un estado peor, y ese es el estado más adecuado para venir a Cristo. El que está muy enfermo está justo en el estado adecuado para tener un médico, el que está sucio y manchado está justo en el estado adecuado para ser lavado, el que está desnudo está justo en el estado adecuado para ser vestido.
Ese es tu caso. Pero tú dices: "No siento mi necesidad". De la misma manera, el que no la sientas demuestra que tienes una necesidad mayor. No puedes confiar en tus sentimientos, porque dices que no los tienes.
Si Dios escuchara tus oraciones y te hiciera sentir tu necesidad, empezarías a confiar en tus sentimientos, y serías llevado a decir: "Confío en Cristo porque siento mi necesidad". Todas estas cosas no son más que papismo disfrazado, toda esta predicación a los pecadores de que deben sentir esto y sentir aquello antes de confiar en Jesús, no es más que fariseísmo en otra forma.
Sé que a nuestros hermanos calvinistas no les gustará este sermón; no puedo evitarlo, pues no vacilo en decir que el fariseísmo está más mezclado con el hipercalvinismo que con cualquier otra secta en el mundo. Y declaro solemnemente que esta predicación al prejuicio y a los sentimientos de lo que ellos llaman pecadores inteligentes, no es más que justicia propia tomando una forma sumamente ingeniosa y astuta, pues le está diciendo al pecador que debe ser algo antes de venir a Cristo.
Mientras que el Evangelio no se predica a pecadores inteligentes, o a pecadores con cualquier otro adjetivo calificativo, sino a pecadores como pecadores, a pecadores tal como son. No es a los pecadores como pecadores arrepentidos, sino a los pecadores como pecadores, a los pecadores tal como son, sea cual fuere su estado, y sean cuales fueren sus sentimientos.
Oh, pecadores, la puerta de la misericordia está abierta de par en par para ustedes esta mañana, no permitan que Satanás los empuje hacia atrás diciéndoles: "ustedes no son aptos," ustedes son aptos; es decir, ustedes tienen toda la aptitud que Cristo quiere, y esa no es ninguna. Ven a Él tal como eres. "Oh", dirá alguien, "¿pero conoces ese himno de Hart?”
"Toda la aptitud que Él requiere
es sentir tu necesidad de Él".
No lo entiendo". Permítanme aconsejarles entonces, que nunca citen parte de un himno, o parte de un texto, cítenlo todo...
"Toda la aptitud que Él requiere
es sentir tu necesidad de Él;
esto Él te lo da,
es el rayo ascendente de su Espíritu".
Ven y pídele que te lo dé, y cree que te lo dará. Cree que mi Señor anhela salvarte, confía en Él, actúa conforme a esa creencia, pecador, y serás salvado, o de lo contrario me perderé contigo. Pero cree que mi Maestro tiene un corazón amoroso, y que Él es capaz de perdonar, y que Él tiene un brazo poderoso y es capaz de librarte.
Hazle el honor ahora mismo de no medir Su grano con tu celemín. "Porque sus caminos no son vuestros caminos, ni sus pensamientos vuestros pensamientos". "Tan altos como el cielo está sobre la tierra, tan altos son sus caminos sobre tus caminos, y sus pensamientos sobre tus pensamientos".
Hoy te dice: "Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo". Pecador, si crees y no eres salvo, entonces la Palabra de Dios es una mentira, y Dios no es verdadero. ¿Y soñarás alguna vez que ese es el caso? No, pecador, acércate ahora a la proclamación de este Evangelio, y di...
"Me acercaré al bondadoso Rey,
cuyo cetro da la misericordia;
tal vez Él ordene mi toque,
y entonces el suplicante viva.
"Tal vez Él admita mi súplica,
tal vez escuche mi oración;
pero si perezco, oraré,
y pereceré sólo allí".
No puedes perecer confiando en Cristo. Aunque no tengas buenas obras ni buenos sentimientos, sin embargo, si tus brazos están alrededor de la cruz, y si la sangre es rociada sobre tu frente, cuando el ángel destructor pase por el mundo, Él pasará de largo en ti. Así está escrito: "Cuando vea la sangre, pasaré de ti"; no: "cuando vea tus sentimientos acerca de la sangre"; no: "cuando vea tu fe en la sangre", sino: "cuando vea la sangre, pasaré de ti".
Aprende a discernir entre un sentido de pecado que te humillaría, y un sentido de pecado que sólo te haría orgulloso, cuando has llegado a decir: "He sentido mi pecado lo suficiente, y por lo tanto soy apto para venir a Cristo", no es más que orgullo vestido con el ropaje de la humildad.
Permítanme decirles una cosa más antes de terminar con ustedes en este punto. Cualquier cosa que te aleje de Cristo es pecado; cualquier pensamiento que tengas que te impida confiar en Cristo hoy, es un pensamiento pecaminoso, y cada hora que continúes como estás, como un incrédulo en Cristo, la ira de Dios permanece sobre ti. Ahora, ¿por qué has de pedir una cosa que puede ayudar a mantenerte alejado de Cristo por más tiempo? Ahora sabes que no tienes nada bueno en ti, ¿por qué no confiar en Cristo para todo? Pero tú dices: "Primero debo sentir más".
Pobre alma, si sintieras más agudamente, te resultaría tanto más difícil confiar en Cristo. Oré a Dios para que me mostrara mi culpa, poco pensé en cómo me respondería. Por qué era yo tan necio que no vendría a Cristo a menos que el diablo me arrastrara hasta allí. Dije: "Cristo no puede haber muerto por mí, porque no me he sentido suficientemente miserable". Dios me escuchó, y créanme, nunca más haré esa oración, porque cuando comencé a sentir mi culpa, entonces dije: "Soy demasiado malvado para ser salvado", y descubrí que la misma cosa que había estado pidiendo era una maldición sobre mí y no una bendición. Así que, si sintieras lo que pides sentir, podría ser la causa de tu condenación.
Sé, pues, prudente, y escucha la voz de mi Maestro; no te detengas a recoger el jabón del lavandero y el fuego de los refinadores, sino que ven, lávate ahora en el Jordán y queda limpio; ven, y no te detengas hasta que tu corazón sea removido con el arado y tu alma cortada con el hacha. Ven como eres a Él ahora. ¿Qué hombre no vendrá a Cristo, cuando Él ha dicho: "El que quiera, venga"? ¿No confiarás en Él cuando te mira y te sonríe y te dice: "Confía en Mí, nunca te engañaré"?
¿Acaso no puedes decirle: "Maestro, soy muy culpable, pero Tú has dicho: 'Ven ahora, y estemos a cuenta; aunque tus pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana'? Señor, esta misericordia es demasiado grande, pero yo la creo, te tomo la palabra. Tú has dicho, 'Volveos, hijos rebeldes, y perdonaré vuestras iniquidades.' Señor, vengo a Ti, no sé cómo es que Tú puedes perdonar a alguien como yo, pero creo que Tú no puedes mentir, y en esa promesa descanso mi alma.
"Yo sé que Tú has dicho, 'Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres,' Señor, yo no puedo entender cómo puede haber poder en la sangre para lavar toda clase de blasfemia, pero Tú lo has dicho, y yo lo creo. Es Tu asunto hacer Tu propia palabra verdadera, no la mía, y Tú has dicho, 'El que quiera, que venga,' Señor, yo no soy digno, pero quiero venir, o si no quiero, entonces quiero querer, por lo tanto vendré, tal como soy. Sé que no tengo buenos sentimientos para recomendarme a Ti, pero entonces Tú no quieres buenos sentimientos en mí, Tú me darás todo lo que yo quiera".
Oh, mis queridos oyentes, me siento tan feliz de tener un Evangelio como éste para predicarles. Si no lo han recibido, ruego a Dios el Espíritu Santo que se los envíe. Es tan sencillo que los hombres no pueden creer que sea verdad. Si yo les dijera que se quitaran los zapatos y corrieran de aquí a York, y fueran salvos, lo harían de inmediato, y el camino a York estaría atestado de gente; pero cuando sólo se trata de las palabras que despiertan el alma: "Cree y vive," es demasiado fácil para sus orgullosos corazones.
Si te dijera que fueras y ganaras mil libras, y dotaras una iglesia con ellas, y serías salvo, pensarías que el precio es muy barato; pero cuando te digo: "Confía en Cristo y sé salvo", no puedes hacer eso; es demasiado sencillo.
¡Ah, locura del corazón humano! extraño, extraño, pecado obsesionado, cuando Dios allana el camino, los hombres no quieren correr por él por esa misma razón, y cuando abre la puerta de par en par, esa es la misma razón por la que no quieren entrar. Dicen que si la puerta estuviera medio entreabierta y tuvieran que empujarla para abrirla, entrarían. Dios ha hecho que el Evangelio sea demasiado claro y sencillo para adaptarse a los corazones orgullosos. Que Dios ablande los corazones orgullosos, y les haga recibir al Salvador.
IV. Ahora llego a mi último punto, al cual ya me acerco, y es a modo de exhortación.
Pobre pecador, hace siete años estabas diciendo exactamente lo que estás diciendo ahora, y cuando hayan pasado otros siete años, estarás diciendo exactamente lo mismo. Hace siete años decías: "quisiera confiar en Cristo, pero no me siento como debería". ¿Te sientes mejor ahora? Y cuando lleguen otros siete años, te sentirás igual que ahora. Dirás: "Yo vendría, pero no me siento apto; no siento mi necesidad lo suficiente".
Ay, y seguirá así para siempre, hasta que desciendas al abismo del infierno, diciendo mientras desciendes: "No siento mi necesidad suficiente", y entonces la mentira será detectada, y dirás: "Nunca dijo la Palabra de Dios: 'Puedo venir a Cristo cuando sienta mi necesidad suficiente', sino que dijo: 'El que quiera, que venga'. Yo no quise venir como era, por lo tanto soy justamente desechado". Escúchame, pecador, cuando te pido que vengas a Jesús tal como eres, y te doy estas razones para ello.
En primer lugar, es un pecado muy grande no sentir tu culpa, y no llorar por ella, pero luego es uno de los pecados por los que Jesucristo expió en el madero. Cuando Su corazón fue traspasado, pagó el precio del rescate por tu duro corazón. Oh, pecador, si Cristo sólo hubiera muerto para que pudiéramos ser perdonados de otros pecados, excepto de nuestros corazones duros, nunca iríamos al cielo, pues todos nosotros, aun los que hemos creído, hemos cometido ese gran pecado de ser impenitentes delante de Él. Si Él no hubiera muerto para lavar ese pecado, así como cualquier otro pecado, ¿dónde estaríamos? El hecho de que no puedas llorar, ni entristecerte como quisieras, es una adición a tu culpa; pero, ¿no te lavó Cristo de ese pecado, por negro que sea? Ven a Él, Él es capaz de salvarte incluso de esto.
De nuevo, ven a Jesús, porque sólo Él puede darte ese corazón que buscas. Si los hombres no vinieran a Cristo hasta que se sintieran como deberían sentirse, nunca vendrían.
Confesaré libremente que si nunca hubiera confiado en Cristo hasta sentir que podía confiar en Él, nunca habría podido confiar en Él, y no podría confiar en Él ahora. Porque hay ocasiones en las que, después de haber predicado el Evangelio tan claramente como he podido, he regresado a mi propio aposento, y mi corazón ha estado muerto, pesado, yaciendo como un tronco dentro de mi espíritu, y he pensado entonces: si no pude venir a Cristo como pecador, no podría venir de ninguna otra manera.
Si yo encontrara en el texto una palabra antes de esa palabra "pecadores", "Jesucristo vino al mundo para salvar", y luego un adjetivo, y luego "pecadores", estaría perdido. Sólo porque el texto dice "pecadores" tal como son, que "Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores", puedo esperar que haya venido a salvarme.
Si hubiera dicho que Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores de corazón blando, yo habría dicho: "Señor, mi corazón es como el adamantino". Si hubiera dicho que Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores que lloran, yo habría dicho: "Señor, aunque aprieto los párpados, no puedo forzar una lágrima". Si hubiera dicho que Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores que sentían su necesidad de Él, yo debería decir: "No siento su necesidad, sé que te necesito, pero no lo siento".
Pero Señor, Tú viniste a salvar a los pecadores, y yo estoy salvado. Confío en que Tú viniste a salvarme, y aquí estoy, me hunda o nade, descanso en Ti. Si perezco, pereceré confiando en Ti, y si debo perderme, en Tus manos será, pues en mis propias manos no estaré en ningún aspecto, ni en ningún grado. Vengo a esa cruz, y bajo esa cruz estoy, "Tu perfecta justicia es mi hermosura, mi glorioso vestido".
Ven pecador a Cristo, porque Él puede ablandar tu corazón, y tú nunca podrás ablandarlo por ti mismo. Él es exaltado en lo alto para dar arrepentimiento y remisión de pecados, no sólo la remisión, sino también el arrepentimiento. Él da Su gracia no sólo a aquellos que la buscan, sino incluso a aquellos que no la buscan. Él da el arrepentimiento no a los que se arrepienten, sino a los que no pueden arrepentirse.
Y a los que dicen: "Señor, quisiera, pero no puedo sentir", "quisiera, pero no puedo llorar", les digo que Cristo es justo el Salvador para ustedes: un Cristo que comienza en el principio y no quiere que ustedes comiencen; un Cristo que irá hasta el fin y no querrá que ustedes terminen; un Cristo que no les pide que digan Alfa, y luego Él será la Omega, sino que será tanto el Alfa como la Omega. Cristo, que es el principio y el fin, el primero y el último.
El Evangelio claro es sólo esto: "Mirad a mí, y sed salvos todos los confines de la tierra". "Pero Señor, no puedo ver nada." "Mirad hacia mí." "Pero Señor, no siento." "Miradme." "Pero Señor, no puedo decir que siento mi necesidad."
"Mírame a mí, no a ti mismo, todo esto es mirarte a ti mismo". "Pero Señor, a veces siento que podría hacer cualquier cosa, pero pasa una semana y luego estoy duro de corazón". "Mírame a mí".
"Pero Señor, muchas veces lo he intentado". "No lo intentes más, mírame a mí." "Oh, pero Señor Tú lo sabes". "Sí, lo sé todo, lo sé todo, toda tu iniquidad y tus pecados, sólo mírame". "Oh, pero a menudo, Señor, cuando he oído un sermón, me siento impresionado, sin embargo es como la nube de la mañana y el rocío temprano, pasa". "Mírame a mí, no a tus sentimientos o a tus impresiones, mírame a mí".
"Bueno", dicen algunos, "¿pero eso me salvará realmente, sólo mirar a Cristo?". Mi querida alma, si eso no te salva, yo no soy salvo. La única manera en que he sido salvado, y el único Evangelio que puedo encontrar en la Biblia, es mirando a Cristo. "Pero si sigo pecando", dice uno. Pero no puedes seguir pecando, tu mirada a Cristo te curará de ese hábito de pecado. "¿Pero si mi corazón permanece duro?" No puede permanecer duro, descubrirás que mirar a Cristo te impedirá tener un corazón duro. Es tal como cantamos en el himno penitencial de gratitud,
"Disuelto por Tu misericordia caigo al suelo,
y lloro alabando la misericordia que he encontrado".
Nunca te sentirás como debes hasta que no sientas lo que debes, nunca vendrás a Cristo hasta que no sientas que puedes venir. Ven como eres, ven en toda tu pobreza, y terquedad, y dureza, tal como eres ahora, toma a Cristo como tu todo en todo.
Haced sonar vuestros cánticos, ángeles; tañed vuestras arpas de oro, redimidos; hay pecadores arrancados hoy del infierno; hay hombres que han confiado en Cristo esta mañana. Aunque apenas lo sepan, sus pecados están todos perdonados, sus pies están sobre la roca, el cántico nuevo pronto estará en su boca, y sus caminos serán firmes. Adiós, hermanos, volveos a Dios esta mañana, Dios os guardará, y veréis su rostro en gloria eterna. Amén.
EstudiaLaPalabra.org
Traducción: estudialapalabra.org