Idea central
Spurgeon hunde la criatura y exalta a Cristo: el santo no puede hacer nada sin Él —ni iniciar, ni continuar, ni perfeccionar, ni en lo grande ni en lo pequeño—; el inconverso, mucho menos; y el santo nada puede por el pecador sin Cristo.
“Porque separados de mí nada podéis hacer”.
Consciente de esta verdad en mi propio caso, buscaría fervientemente la ayuda del Espíritu de Dios en la predicación, como en cualquier otro ejercicio espiritual, pues sin Él no puedo hacer nada. Es un hecho notable que todas las herejías que han surgido en la iglesia cristiana han tenido una decidida tendencia a deshonrar a Dios y a exaltar al hombre. Siempre han tenido como objetivo encubierto, si no abierto, la exaltación de la naturaleza humana y el menosprecio de la soberanía de la gracia divina. Robando a Dios la gloria debida a Su nombre, estos falsos profetas arrojarían un brillo falso sobre la cabeza de la criatura rebelde y depravada.
Por otra parte, las doctrinas del Evangelio, comúnmente conocidas como doctrinas de la gracia, se distinguen por esta peculiaridad por encima de cualquier otra, a saber, que hunden a la criatura muy bajo, y presentan al Señor Jehová ante nosotros como sentado en un trono, alto y elevado. Tan cierto es esto, que el cristiano más inculto puede, aunque sea incapaz de refutar un discurso erróneo, ser siempre capaz de descubrir su falsedad, si glorifica al hombre a expensas de Dios.
El más simple bebé en gracia puede llevar consigo esta prueba, en medio de las diversidades de opinión con las que está rodeado, siempre puede juzgar, y juzgar infaliblemente también, acerca de la verdad o falsedad de una doctrina, probándola así: "¿glorifica a Dios? Si es así, es verdadera". ¿Exalta al hombre?" Entonces debe ser falsa.
Por otra parte, ¿rebaja mucho al hombre y habla de él en términos que tienden a hacerle sentir su degradación? Entonces, sin duda, está llena de verdad. ¿Y pone la corona sobre la cabeza de Dios, y no sobre la cabeza de la libre voluntad del hombre, o de su libre albedrío, o de sus buenas obras? Entonces ciertamente es una doctrina conforme a la piedad, porque es la verdad misma del Señor nuestro Dios.
Mi texto, la propia palabra de Cristo, contiene una doctrina que pertenece a la clase de las que hablan contra la vanagloria de la humanidad, derribando sus altas esperanzas y despreciando sus miradas orgullosas, y en la misma medida esta frase honra a Cristo y lo eleva en la estimación de todo Su pueblo.
Esta mañana hablaré de mi texto así: Jesús dijo: "Sin mí nada podéis hacer". En primer lugar, esto es cierto de Sus santos en asuntos relacionados con ellos mismos; en segundo lugar, esto es aún más visiblemente cierto de los hombres inconversos y no regenerados; y, en tercer lugar, se encontrará por experiencia, que es igualmente un hecho si consideramos a los santos en relación con los pecadores: sin Cristo, el santo más ferviente no puede hacer nada en absoluto por la conversión del pecador.
I.Empecemos, pues, por el santo en relación con él mismo.
Jesús dijo a los apóstoles, y, si a ellos, ciertamente con tanta o más fuerza a nosotros: "Sin mí nada podéis hacer". Expliquemos esto, luego tratemos de respaldarla, y después saquemos las lecciones prácticas de ello.
1.Hijo de Dios: Jesucristo te habla personalmente esta mañana, y te dice: "Sin mí nada podéis hacer". ¿Entiendes esto? ¡Fíjate cuán contundentemente habla! Tomo prestado de Agustín, gran parte de la exposición que sigue. Él observa que esta frase parece haber sido escrita para poner fin a las impúdicas imposturas de los pelagianos, pues el texto no dice: "Sin mí difícilmente podréis hacer algo, será con extrema dificultad que podréis realizar una obra buena o lograr un propósito santo".
No, pone el hacha mucho más decisivamente en la raíz. Dice: "Sin mí nada podéis hacer", absolutamente, definitivamente nada en absoluto. ¿No puedo lograrlo si busco y me esfuerzo, si concentro todas mis energías en un solo punto, si concentro todas mis facultades en el propósito? Si soy extremadamente vigilante, si soy intensamente ferviente, si soy sinceramente orante, ¿no puedo entonces lograr algo, aunque la influencia del Espíritu sea retenida? Puede ser que me cueste mucha dificultad, puede ser duro remar contra la corriente, pero, ¿acaso no puedo, con mi propio poder, si me esfuerzo al máximo, acelerar al menos un poco en las cosas de Dios? "No", dice el Señor Jesús, "No, sin mí nada podéis hacer". Esfuérzate cuanto puedas, lucha cuanto puedas; tu esfuerzo y tu lucha serían fuerza mal aplicada, no te acelerarían hacia la meta, sino que te hundirían más profundamente en el fango de la desesperación o de la presunción.
Observen, además, que el texto no dice: "Sin mí no podéis hacer algunas cosas grandes, algunos actos especiales de piedad, algunas obras elevadas y sobrenaturales de audacia, de abnegación y autosacrificio". No, "Sin mí no podéis hacer nada". Incluyendo en la frase, como ustedes percibirán claramente, esos pequeños actos de gracia, esas pequeñas obras de piedad, para las cuales, tal vez, en nuestra orgullosa presunción, pensamos que ya estamos suficientemente equipados. No puedes hacer nada, no solo el deber mayor está más allá de tu poder, sino también el menor. El acto más bajo de la vida divina no eres capaz de realizarlo, a menos que recibas la fuerza de Dios Espíritu Santo.
Y ciertamente, hermanos míos, es generalmente en estas pequeñas cosas donde descubrimos la mayor parte de todas nuestras debilidades. Pedro puede atravesar las olas del mar, pero no puede soportar las burlas de una pequeña criada. Job puede soportar la pérdida de todas las cosas, pero las palabras de reproche de sus falsos amigos, aunque no sean más que palabras, y no rompan ningún hueso, le hacen hablar mucho más amargamente que todas las llagas y úlceras que tenía en su propia piel. Jonás dijo que hizo bien en enojarse, hasta la muerte, por una calabacera.
¿No habéis oído a menudo qué hombres poderosos que han sobrevivido a centenares de batallas han sido muertos al fin por el accidente más trivial? ¿No ha sucedido lo mismo con los que profesan ser cristianos? Se han mantenido erguidos en medio de las mayores pruebas, han sobrevivido a las luchas más arduas, y, sin embargo, en una mala hora, confiando en sí mismos, su pie ha resbalado bajo alguna ligera tentación, o a causa de alguna pequeña dificultad.
John Newton dice: "La gracia de Dios es tan necesaria para crear un carácter recto en los cristianos ante la rotura de un plato de porcelana como ante la muerte de un hijo único". Estas pequeñas pérdidas necesitan ser detenidas con el mayor cuidado. La plaga de moscas no es más fácil de detener que la del ángel destructor. Tanto en las cosas pequeñas como en las grandes, el justo debe vivir de la fe. Tanto en las pequeñeces como en los ejercicios más nobles, el creyente debe ser consciente de su propia incapacidad; nunca debe decir de ningún acto: "Ahora soy lo suficientemente fuerte para realizar esto, no necesito acudir a Dios en oración sobre esto, esto es tan poca cosa, está por debajo de la dignidad de Dios, y soy suficiente para ello por mí mismo".
No, creyente, no eres suficiente para nada en absoluto, sin Cristo no puedes hacer nada que sea bueno, nada que sea correcto. "No nos bastamos a nosotros mismos para pensar algo de nosotros mismos, sino que nuestra suficiencia es de Dios". "No sabemos pedir como conviene".
Sentimos cada día que la voluntad está presente en nosotros, pero no sabemos cómo realizar lo que queremos. Nuestra fuerza no es solo debilidad, sino debilidad completa, debilidad incluso para las cosas pequeñas, debilidad para las onzas como para las toneladas, debilidad en las gotas de dolor como en los mares de tristeza, debilidad para las astillas de la prueba como para los terribles dardos del maligno. En todo, cristiano, eres impotente fuera del Señor, quien es tu fuerza y tu salvación. Aprende, pues, el significado de este texto: "Sin mí nada podéis hacer".
Al seguir explicando el significado de este pasaje, permítanme señalar que Cristo no dijo: "Sin mí nada podéis perfeccionar", sino "Sin mí nada podéis hacer". El pelagiano podría tal vez admitir que el cristiano no puede completar la buena obra sin ayuda, pero entonces podría hacer mucho para lograrlo. Dice: "Si no la termina, puede comenzarla, si no es la Omega, puede al menos ser el Alfa, si no puede sacar la gloriosa piedra superior y elevarla hasta la sublime altura en que ha de permanecer por los siglos de los siglos, podrá al menos cavar los cimientos y poner la primera piedra escondida". "No", dice Cristo, "sin mí nada podéis hacer".
Así como en ese último salto glorioso, cuando el creyente salta de su lecho de muerte a la tierra de los vivos, toda su fuerza debe ser de Dios, así debe ser en ese primer paso tembloroso, cuando como penitente viene a Cristo, y descansa su alma en Él. No digan, si están a punto de emprender alguna empresa: "Comenzaré esto, y luego Dios me dará gracia para suplir mis deficiencias, pero confiaré en mí mismo hasta donde pueda".
Ah, insensato, tu llana está cubierta de lodo suelto, construyes con madera, heno y hojarasca. Lejos de que puedas hacer mucho aparte del Espíritu de Dios, no puedes hacer nada en absoluto. No puedes ni levantar un dedo, ni mover una mano en esta obra espiritual aparte de Dios. No puedes ponerte el manto blanco de la gloria; es más, no puedes desenvolverte de los velos de tu muerte, incluso esto debe hacerse por ti, desde el principio hasta el final.
Y aún más, para poner el significado bajo una luz convincente. Podría haber algunos que dijeran: "Bien, aunque el texto puede entenderse en el sentido de que el creyente no puede comenzar ninguna cosa buena, sin embargo, es posible que después de comenzada sea de gran ayuda para Dios el Espíritu Santo en su propia salvación, puede hacer algo aparte del Espíritu".
Hermanos míos, cuando el Espíritu de Dios está con nosotros, hacemos mucho; cuando está en nosotros, nos hace instrumentos de nuestra propia liberación; pero si el Espíritu de Dios es quitado del hombre cristiano, aunque sea renovado, aunque tenga un corazón nuevo y un espíritu recto, no retendría ese corazón nuevo y ese espíritu recto ni una sola hora, es más, ni la décima parte de un segundo, si el Espíritu de Dios le fuera quitado una vez.
No hay apoyo para la nueva vida en el suelo natural del hombre. Cada porción de tierra en la que se nutre la dulce flor del paraíso en nuestro corazón tuvo que ser traído allí desde el cielo, pues naturalmente nuestro corazón es una roca demasiado estéril para dar subsistencia alguna a las plantas del paraíso. Si en nuestra alma fluye un río de agua de vida, su nacimiento está en las montañas del eterno propósito de Dios, el río no encuentra manantiales tributarios en nuestro corazón. La carne no puede prestar ayuda al espíritu. La naturaleza no renovada puede ser un gran impedimento para la gracia, pero nunca puede ser una ayuda.
El apóstol Pablo nunca encontró que el hombre viejo fuera una ayuda para el hombre nuevo. Si hubiera sido así, no habría clamado: "Desdichado de mí, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?". Habría estrechado la mano de ese cuerpo de muerte, y le habría agradecido su ayuda si le hubiera prestado alguna, pero sentía que no le era de más utilidad de lo que sería para un hombre vivo, un cadáver muerto, podrido, corrupto, sucio y nocivo, si lo tuviera encadenado a su lado.
Cuando nos deshagamos del yo y del poder del yo, entonces seremos fuertes, pero toda la fuerza de la naturaleza no es más que una debilidad para la gracia, y todo el poder y la energía de la carne no es más que un obstáculo para el Señor y no una ayuda para Él. Sin Él, en el sentido más amplio en que pueda entenderse el lenguaje, no podemos hacer nada.
2.Y ahora, habiendo tratado de explicar el texto con respecto al cristiano, permítanme tratar de sustentarlo. En primer lugar, lo apoyaría por el consentimiento común de todos los creyentes de todas las épocas. Con la excepción de los antiguos pelagianos y sus descendientes modernos, desconozco que la iglesia haya dado algún ejemplo de profesantes que hayan dudado de la incapacidad del hombre sin Dios el Espíritu Santo. Nuestras confesiones de fe son casi unánimes sobre este punto.
Pero oigo decir a alguien: "¿No creen los arminianos que hay una fuerza natural en el hombre por la que puede hacer algo?".
No, hermanos míos, el verdadero arminiano no puede creer tal cosa. Arminio habla muy bien sobre este punto. Cito sus palabras, tal como las tengo traducidas: "Es imposible que el libre albedrío, sin la gracia, comience o perfeccione cualquier bien verdadero o espiritual. Digo que la gracia de Cristo, que pertenece a la regeneración, es simple y absolutamente necesaria para la iluminación de la mente, el orden de los afectos y la inclinación de la voluntad hacia lo que es bueno”. "Es aquello que opera sobre la mente, los afectos y la voluntad, que infunde buenos pensamientos en la mente, inspira buenos deseos en los afectos y conduce a la voluntad a ejecutar buenos pensamientos y buenos deseos. Va delante, acompaña y sigue. Provoca, asiste, obra en nosotros el querer y trabaja con nosotros para que no queramos en vano. Evita las tentaciones, está a nuestro lado y nos ayuda en las tentaciones, nos sostiene contra la carne, el mundo y Satanás, y en el conflicto, nos permite gozar de la victoria. Resucita a los vencidos y caídos, los confirma, les da nuevas fuerzas y los hace más prudentes. Inicia, promueve, perfecciona y consuma la salvación. Confieso que la mente del hombre natural y carnal está entenebrecida, sus afectos están depravados, su voluntad es refractaria, y que el hombre está muerto en el pecado".
Richard Watson, que entre los arminianos modernos es considerado un teólogo referente, especialmente en la denominación wesleyana, es igualmente claro sobre este punto. Admite plenamente que "el pecado de Adán introdujo en su naturaleza una impotencia y depravación tan radicales, que es imposible para sus descendientes hacer ningún esfuerzo voluntario (de sí mismos) hacia la piedad y la virtud", y luego cita con gran aprobación una expresión de Calvino, en la que Calvino dice que "el hombre está tan totalmente hundido, como con un diluvio, que ninguna parte está libre de pecado, y, por lo tanto, todo lo que procede de él se considera pecado".
Es muy satisfactorio tener estos testimonios de la doctrina común de la iglesia. Sé que algunos arminianos no son tan sólidos ni siquiera como Arminio o Richard Watson. Sé que algunos de ellos no entienden ningún credo en absoluto, ni siquiera el propio, pues en todas las denominaciones hay hombres tan ignorantes de toda la teología que se aventuran a cualquier afirmación que afirme ser arminiana o calvinista, sin saber lo que enseñaron Calvino o Arminio.
Los arminianos serían mucho mejores, aunque fueran tan buenos como Arminio. Por mucho que se desviara de la fe en algunos aspectos, no era ni la mitad de un grave hereje que la multitud de sus seguidores, sino que en muchos puntos sería un defensor de la fe tan severo e inquebrantable como el propio Juan Calvino.
Pero mis queridos amigos, en lugar de detenerme más en este punto, permítanme hacer una o dos observaciones más. Supongan por un momento que la doctrina de nuestro texto no fuera cierta, y que los cristianos tuvieran poder en sí mismos para hacer algo, tomen sus Biblias cuando lleguen a casa, y vean cuántas promesas de la Palabra de Dios carecerían de valor para ustedes. Dios nunca hizo una promesa que no fuera necesaria, ahora bien, si yo tengo fuerza por mí mismo, Dios ciertamente no necesitará hacerme una promesa de darme Su fuerza.
Pero en la medida en que hay decenas de promesas en las que está escrito: "Al que no tiene fuerzas, Él le da más vigor", en la medida en que a menudo se nos dice que "los jóvenes desfallecen y se fatigan, y la juventud desfallece por completo, pero los que esperan en Jehová renovarán sus fuerzas", creo que ves que el hecho mismo de estas promesas demuestra que son necesarias, y si son necesarias, debe ser porque el hombre es débil.
Pero, además, ¿qué debemos pensar de las alabanzas de los santos? ¿Acaso no los has oído en toda la Sagrada Escritura atribuyendo su fuerza y su poder a Dios? ¿No confesaron todos ellos, desde el primero hasta el último, que todas sus fuentes frescas estaban en Él, que Él, el Señor Jehová, era su fortaleza y su cántico, y que se había convertido en su salvación? ¿No confesaron unánimemente que su suficiencia provenía de Dios, que cuando eran débiles, entonces eran fuertes, que en sí mismos no eran nada?
Digo, ¿Qué os producen estas alabanzas? ¿Qué son? ¿No son mero viento vacío si estos hombres tuvieran realmente en sí mismos fuerza y poder para hacer el bien? ¿Y qué son los cánticos ante el trono, esos gritos eternos de "Salvación sea a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero"? ¿Cómo pueden atribuirle poder, dominio y fuerza por los siglos de los siglos, si su poder proviene de ellos mismos?
¿No ha de haber una melodía mezclada, y mientras cantan el poder de la gracia, no ha de haber algunos interludios en los que canten también al poder de la naturaleza? Si llegaron al cielo en parte por Dios y en parte por sí mismos, ¿no deben algunos de los arpistas sagrados cantar a la gracia, pero otros de ellos no deberían variar la melodía, al menos a intervalos, para alabar a aquel que por su propia fuerza rompió las cadenas de su pecado, y por su propia vigilancia se preservó a sí mismo hasta la vida eterna? Es una blasfemia pensar así.
Oh, no, hermanos míos, es porque no tuvieron otro poder en la tierra que el que Dios les dio, que no tienen otro cántico en el cielo que el cántico que exalta y alaba a Dios.
Supongo que otros argumentos son innecesarios, pero permítanme mencionar otro. Si fuera así, que el hombre tiene poder en sí mismo, ¿qué necesidad habría del oficio del Espíritu Santo? El oficio del Espíritu Santo se convierte de inmediato en una sinecura inútil si el hombre puede hacer cualquier cosa y todas las cosas. ¿Qué necesidad hay de vivificar a los hombres por el Espíritu si ellos pueden dar el primer paso para vivificarse a sí mismos? ¿Qué necesidad hay de fortalecernos con poder según Su Espíritu en el hombre interior, si el hombre interior ya es suficientemente fuerte en su propio poder natural? ¿Qué necesidad hay de que el Espíritu enseñe diariamente al pueblo de Dios si este puede instruirse a sí mismo? ¿Qué necesidad tengo de orar "Sostenme", si puedo sostenerme a mí mismo?
Las oraciones por ayuda espiritual son oraciones por misericordias que no son necesarias, si tenemos fuerza propia. Yo afirmo que, si el hombre tiene gracia suficiente para mantenerse una sola hora alejado del pecado, no es necesario que ore, al menos durante esa hora. ¿Por qué habría de querer más fuerza de la que necesita? ¿Debería tenerla para gastarla en sus lujurias? Si me es posible realizar alguna acción santa aparte del Señor Jesús, entonces permítanme al menos realizar esa acción independientemente de Él. Permítanme por ese tiempo prescindir del Espíritu Santo. Pero tú te rebelas ante tal idea. Veo que se te herviría la sangre si siguiera hablando así.
"No", dirás tú, "día a día tenemos necesidad de orar, hora a hora tenemos necesidad de confiar. Alma mía, espera solo en Dios, porque de Él es mi esperanza". Me veo obligado a sentir cada día que no puedo hacer nada sin Él, que mi fuerza es enteramente Tuya. El mismo hecho de que los oficios del Espíritu Santo sean necesarios, por nuestra experiencia, prueba que no podemos hacer nada sin Él.
3.Ahora ampliemos esta doctrina. Vemos aquí una razón para la más profunda humildad. ¿Eres orgulloso, creyente, porque has hecho algún pequeño servicio a la iglesia y a tu tiempo? ¿Quién te distingue, y qué tienes que no hayas recibido? ¿Has arrojado un poco de luz sobre las tinieblas? ¡Ah! ¿Quién encendió tu vela, y quién es el que te mantiene aun brillando e impide que te apagues? ¿Has vencido la tentación? No cuelgues tu estandarte, no adornes tu propio pecho con la gloria, pues ¿quién te hizo fuerte en la batalla? ¿Quién afiló tu espada y te permitió dar el golpe? Recuerda que no has hecho nada por ti mismo.
Si hoy eres un vaso para honra, decorado y dorado, si ahora eres un vaso precioso, lleno del más dulce perfume, sin embargo, tú no te hiciste así. Tú eres el barro, y Él es el alfarero. Si eres un vaso para honra, pero no un vaso para tu propia honra, sino un vaso para la honra de Aquel que te hizo. Si te encuentras entre tus semejantes como los ángeles, se encuentran entre los espíritus caídos, un elegido, distinguido de ellos, recuerda, sin embargo, que no fue ninguna bondad en ti mismo, lo que te hizo ser elegido, ni ha sido ninguno de tus propios esfuerzos, o tu propio poder, lo que te ha levantado del barro cenagoso, y ha puesto tus pies sobre la roca, y ha afirmado tus pasos.
Quítate la corona de tu orgullosa cabeza, y deposita tus honores a los pies de Aquel que te los dio. Ven con querubines y serafines y vela tu rostro y clama: "No a nosotros, no a nosotros, sino a Tu nombre sea toda la gloria por los siglos de los siglos."
Y cuando estés así postrado con humildad, prepárate para aprender otra lección, a saber: nunca vuelvas a depender de ti mismo. Si tienes algo que hacer, no vayas a hacerlo apoyándote en un brazo de carne. Primero dobla tu rodilla y pídele poder a Aquel que te fortalece, y entonces regresarás regocijado de tu labor.
Pero si vas con tu propia fuerza, romperás tu reja de arado en la roca, sembrarás tu semilla a la orilla del mar salado sobre la arena estéril, y mirarás las hectáreas vacías en los años venideros, y no te producirán ni una sola brizna que alegre tu corazón.
"Confiad en Jehová para siempre, porque en Jehová el Señor hay fortaleza eterna"; pero esa fortaleza no está disponible para ti mientras descanses en cualquier fuerza tuya. Él te ayudará si no eres más que un gusano, pero si eres fuerte en ti mismo, te quitará su propio poder y hará que tropieces y caigas, y dichoso serás si al tropezar no vienes a ser destruido. Aprende, pues, la gracia de depender diariamente de Dios, y hazlo constantemente con la debida humildad.
Ah, hermanos y hermanas míos, debo hablar muy seriamente aquí antes de dejar de este punto, pues este es un vicio común en todos nosotros: desear volvernos independientes. Tenemos una pequeña reserva de gracia a la mano, y pensamos que gastaremos el dinero de nuestro bolsillo antes de ir de nuevo a la tesorería de nuestro Padre. Tenemos un poco de fe, nuestro Señor nos honra con el gozo de Su presencia, y crecemos tanto que clamamos: "Mi monte está firme; jamás seré conmovido."
¡Ah!, siempre hay una prueba cerca. ¿No traemos la mayor parte de nuestras pruebas por nuestra jactancia, y no encendemos nuestro propio horno con el combustible de nuestro orgullo? Si fuéramos más como niños, descansando más simplemente en el poder del Espíritu, ¿no seríamos más felices? ¿Acaso Dios, nuestro Padre, no esconde su rostro, porque verlo demasiado podría enaltecernos más de la cuenta? ¿No desgarra esa espina nuestra carne porque, de lo contrario, nos recostaríamos en el lecho de la seguridad carnal y dormiríamos todo el día?
Podríamos estar siempre en la cima de la montaña si no tuviéramos la cabeza tan mareada y los pies tan resbaladizos. Podríamos tener siempre la boca llena de dulzura si no fuéramos tan débiles que no podemos soportar siempre estas cosas dulces, y tuviéramos que tomar un trago de ajenjo para que un tónico amargo nos devolviera a un estado saludable del alma.
Yo oro para que busquen postrarse ante nuestro Dios, porque cada centímetro que subimos es un centímetro muy alto, no un centímetro hacia el cielo, sino un centímetro hacia el infierno. Cada grano de fuerza propia que ganamos es un grano de debilidad, y cada partícula de confianza en nosotros mismos no es más que una nueva partícula de veneno infundida en nuestras venas. Líbranos, buen Dios, de toda confianza en nosotros mismos y de toda seguridad carnal.
II.Paso ahora a la segunda parte del discurso, en la que me detendré breve pero seriamente. "Sin mí nada podéis hacer".
Si esto es verdad para el santo, afirmamos que es, igualmente, si no más fuertemente verdad para el pecador.
En lugar de hacer aquí una división con un propósito didáctico, como lo he hecho bajo el primer encabezado, permítanme hablar de inmediato a la conciencia. Pecador, el hijo de Dios que ha sido vivificado y renovado, siente que sin Cristo no puede hacer nada. Cuánto más debe ser esto cierto en tu caso, pues estás absolutamente muerto en delitos y pecados. Cuando el sarmiento está en la vid, y ha sido injertado en el buen olivo, no puede dar buen fruto sin el tronco. ¿Cuánto menos, pues, podéis esperar hacer algo, ya que ni siquiera estáis injertados, sino que pertenecéis al olivo silvestre: cómo podéis producir fruto?
Si cuando el rostro del cristiano se ha vuelto limpio no puede mantenerlo así, ¿cuánto más el etíope, como tú, cambiará su piel, o el leopardo sus manchas? Si el creyente, una vez curado de su lepra, siente que la lepra rebrotaría día tras día, si no fuera por el constante poder milagroso del buen Médico, ¿cuánto menos tú, todo manchado con la lepra del pecado, podrás limpiarte?
Pecador, es cierto de ti que a menos que seas visitado por el Espíritu Santo, a menos que estés unido a Cristo, no puedes hacer nada. No afirmamos que seas físicamente incapaz, puedes realizar actos naturales. Puedes ir a la casa de Dios, puedes leer la Palabra de Dios, puedes hacer mil cosas que solo necesitan de tus brazos, piernas y ojos. Ni siquiera eres mentalmente incapaz. Podéis discernir entre el bien y el mal, podéis juzgar la verdad y el error, y al elegir lo falso y rechazar lo verdadero, sois verdaderamente culpables.
Hablamos ahora de tus actos espirituales, no morales. De todos los actos espirituales eres tan totalmente incapaz como los muertos en los cementerios, o como los huesos secos después de haber pasado por el fuego. No queda en ti ninguna vida espiritual, ningún poder espiritual con el que ayudarte a ti mismo. Estás completamente arruinado, completamente deshecho, y en ti mismo estás fuera del alcance de toda esperanza y de toda ayuda humana. Pero recuerda, te lo ruego, que esta incapacidad tuya es pecaminosa. No es tu desgracia, sino tu pecado. Eres incapaz de justicia, pero eres suficientemente capaz de iniquidad, y tu misma incapacidad es en sí misma un pecado mortal y condenatorio.
Una vez más, tu incapacidad no te libra de tu deber. Aunque no puedas hacer nada, es igualmente tu deber hacer todo lo que Dios manda. Aunque no puedas pagar la deuda, porque estás completamente en bancarrota, sigue siendo tu deber pagarla. Dios no ha anulado Su ley porque hayas perdido el poder de obedecer.
Es más, ni siquiera el mismo Evangelio retira uno de sus preceptos porque no puedas cumplirlos por ti mismo.
Aun así, Dios te exige que "ames a Jehová tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas", aunque no puedas hacer esto más de lo que puedes volar. Aún te exige que te apartes del pecado, y que creas en el Señor Jesús con todo tu corazón, aunque no puedas lograrlo más de lo que una piedra puede transformarse en un ángel, o las rocas silenciosas entonar los aleluyas de la eternidad.
Ya ves, pecador, en qué estado te encuentras. Tienes un Señor que te demanda, pero no tienes con qué pagar. Tienes las mismas demandas sobre ti que tenía Adán en el huerto, pero has perdido toda capacidad de cumplir la demanda. ¡Oh, pecador! ¡Qué perdido estás! ¡Qué perdido estás!
Pero oigo a alguien decir: "Predicar así paralizará los esfuerzos de los hombres y les hará decir: 'No puedo hacer nada'". Ah, amigos míos, es precisamente esto lo que queremos hacerles decir. Deseamos paralizar sus esfuerzos, deseamos golpearlos con un sentido de su incapacidad. No piensen que niego o rehúyo las consecuencias de esta verdad sobre la conciencia del pecador, es precisamente a esto a lo que deseo llevarlo. El arminiano busca llevar a los hombres a la actividad, yo no busco llevarlos a tal cosa al principio, sino a un sentido de su incapacidad, porque entonces, cuando han llegado a conocer su incapacidad, entonces Dios el Espíritu obra en ellos, y entonces comenzará la actividad.
Pero la actividad, aparte de un sentido de incapacidad, no es más que poner al pecador en un camino que parece conducir al cielo, pero que en realidad conducirá al infierno. No me importa que se diga que miles de personas se han convertido por una predicación contraria a esta. La conversión de la mayoría de ellos ha sido una falacia.
Últimamente, he estado en un distrito donde un excelente hermano en Cristo ha obrado un gran avivamiento. Se decía que casi todas las personas del pueblo se habían convertido, y el pueblo es tan borracho, tan profano y tan blasfemo hoy como lo era antes. Estoy persuadido de que, gran parte de la emoción y los desvaríos fanáticos que han deshonrado el verdadero movimiento de avivamiento, no son la obra de Dios, sino la obra del mismo Satanás. Yo discerniría entre lo precioso y lo vil.
Dios ha desnudado su brazo, multitudes han sido convertidas durante los últimos años por la verdadera obra de avivamiento. Pero esa agitación que ha acompañado a algunos de estos avivamientos no es más que la agitación de las pasiones de los hombres, haciendo que los hombres lloren por sus padres, pero no por sus pecados; haciéndolos llorar por sus hijos, pero no por sus almas; haciéndolos temblar por el momento, pero sin llegar a lo más íntimo de su corazón.
Necesitaremos que el Maestro venga otra vez, con el aventador en Su mano, para limpiar a fondo Su suelo. Puedo decir una verdad desagradable, pero el suelo se está llenando con paja ahora, y los predicadores están recibiendo en las iglesias a hombres que necesitarán ser expulsados de nuevo. Pueden ser recibidos con sonido de trompeta, pero tendrán que ser echados por la puerta trasera con ruido de llanto, porque no fueron convertidos a Dios para salvación.
Siento en mi propia conciencia que no estaría limpio de la sangre del hombre, a menos que afirmara que cualquier conversión que no lleve en sí una conciencia de la pérdida y ruina total del hombre, cualquier conversión que no enseñe al hombre el hecho de que no puede hacer nada, es una conversión de la que necesita ser convertido, y un arrepentimiento del que necesita arrepentirse.
Sin embargo, oigo decir a otro: "Debe ser algo malo hacer que los hombres sientan que no pueden hacer nada". No es algo malo, yo quisiera que cada pecador lo sintiera en su propia alma. "Pero", dice uno, "conocí a un hombre que solía decir que no podía hacer nada, por lo tanto, no lo intentaba".
Amigo mío, una cosa es lo que ese hombre dijo y otra lo que sintió. Me atrevo a afirmar que ese hombre no creía lo que decía, o no habría añadido la última frase. Él pensaba en su propio corazón que podía creer, y que podía arrepentirse, y que podía ser salvo cuando quisiera. Todavía atesoraba en su alma la falacia de que uno de estos días buenos, cuando tuviera un tiempo más conveniente, vendría a Cristo. Ese era su pensamiento más íntimo. Lo que dijo no era más que un mero pretexto para proteger su conciencia de tu reprensión.
Vamos, hombres y mujeres, si se les hiciera sentir que están tan perdidos, tan arruinados, que no pueden hacer nada, eso los llenaría de temblor y desconfianza, y entonces gritarían en medio de su horror: "Señor, sálvame, o pereceré". "Dios, sé propicio a mí, pecador".
Repito, es porque no lo sientes, solo dices que lo sientes. Por lo tanto, lo que dices es una excusa para no sentirlo. Ruego a Dios que el Espíritu te golpee ahora con un sentido de impotencia, que de inmediato caigas de bruces, y sientas en lo más íntimo de tu corazón, que tu salvación está en las manos de Cristo, y no en las tuyas, y, que, si eres salvo, debe ser obra de la gracia en ti, y de la gracia para ti. No puede ser tu propia obra, ya que no tienes poder para hacerlo, en y por ti mismo.
¡Si pudiera llevarte allí! ¡Oh, Dios mío, lleva al pecador allí! Te ruego que lo lleves allí. Si ya has llegado allí, pobre pecador, Dios ha comenzado una buena obra en ti. Te digo que si has llegado a conocer esta verdad realmente en tu propio corazón, Dios el Espíritu ha comenzado a salvarte, y nunca abandonará la obra de Su propia mano.
No me malinterpreten. Si simplemente dices: "No puedo hacer nada" (cualquier hombre puede decir eso), esa no es la obra del Espíritu. Pero si sientes que no puedes hacer nada, entonces esa es la obra del Espíritu. ¿No es esta doctrina muy desagradable? Hay muchos de mis oyentes a quienes no les gusta ahora, tal vez se vayan y digan: "Son palabras duras, ¿quién podrá soportarlas?". No espero que el hombre natural reciba una verdad espiritual. Si tú la has recibido, doy gracias a Dios por ello. El que te desnuda te vestirá. El que te ha matado esta mañana te vivificará. El que te ha hecho sentir que no puedes hacer nada, te dará fuerza para hacer todas las cosas.
Si pudieras ver el fondo de tu propio tesoro, que no queda ni un centavo en él, si pudieras sentir tu propio vacío, estoy seguro de que pronto verías la plenitud de Cristo, y descubrirías que Él puede salvar perpetuamente a los que por Él se acercan a Dios, que aunque nosotros no podemos hacer nada, Él puede hacer todas las cosas, que aunque nosotros no podemos ni comenzar ni terminar, "Él es el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el autor y el consumador de nuestra fe".
III. Ahora concluyo con el tercer encabezado: "Sin mí nada podéis hacer". Esto se aplica al santo en relación con el pecador.
Hermanos, a veces oigo hablar de hombres llamados avivadores, y supongo que se imagina que hay algún poder en ellos o en torno a ellos para crear un avivamiento. Lamentaría llevar ese título, no sea que se piense que me atribuyo algún poder. También sé que a veces la gente planea tener un avivamiento en un momento determinado. Como si el Espíritu de Dios estuviera a su disposición, como si pudieran hacer que el viento, que sopla donde quiere y cuando quiere, viniera a sus órdenes. Creo que todo eso es empezar por el lado equivocado.
En su lugar, deberíamos celebrar reuniones de oración para confesar nuestra incapacidad. Si empezáramos por sentir que no podemos hacer nada, lo haríamos todo; pero si empezamos por pensar que podemos hacerlo todo, terminaremos por no hacer nada. La Iglesia de hoy necesita cada vez más que este hecho se le clave en el corazón. Iglesia de Dios, eres impotente, no tienes fuerza, ni poder para convertir una sola alma aparte del Espíritu de Dios.
¿Alguno de ustedes ha comprobado que esto es cierto en su propia experiencia? Tal vez vea a un padre que tiene muchos hijos. Dice: "Hay uno de mis hijos que me confunde completamente. He orado por él, he hablado con él. He procurado instruirlo, pero solo puedo subir a mi aposento y de rodillas sentir que, a menos que Dios ponga Su mano, ese muchacho nunca será salvo". Es bueno que sientas esto, porque ahora irás a trabajar de la manera correcta, usando no tus propias herramientas, ni tu propio poder, sino la fuerza de Dios.
Y yo también, subo al púlpito y siento que puedo predicar; sí, con lenguas de hombres y de ángeles, puedo predicar; no solo yo, sino todos mis hermanos en el ministerio, todos nosotros podemos predicar vehementemente, seriamente, pero no habrá poder alguno en nuestra predicación para ganar una sola alma, aparte de ese Espíritu de Dios que opera con la Palabra.
Queremos que los ministros sientan siempre que no se trata de la mera adaptación del sermón a la salvación de las almas, sino de la aplicación de ese sermón al alma. No es el mero hecho de que estemos honestos, sino la energía del Espíritu que va con nuestra honestidad, para avivar el corazón y despertar la conciencia.
Maestros de escuela dominical, necesitan sentir esto. No os inquietará, no os paralizará, os hará fuertes, porque cuando somos débiles entonces somos fuertes. Necesitan sentir que no podrían convertir a un niño de su clase más que crear un mundo, que no podrían cambiar un corazón más que hacer arder un océano, u obligar al granito sólido a subir en fuentes acuosas hacia el cielo. Sabes que esto está en la mano de Dios, no en la tuya. Tuyos son los medios, pero de Dios es el resultado.
Id, pues, cada uno de vosotros, amados de vuestro Dios, a vuestras obras particulares, desechando toda vuestra propia confianza, y dependiendo simple, entera y enteramente de Dios.
Creo que se haría mucho más bien en el mundo si algunos de los que intentan hacer el bien mirarán menos a su propio poder carnal para hacerlo. Quiero decir con esto que si tuvieran menos poder aparente tendrían más fuerza.
Toplady cuenta la historia de un doctor Guyse, un hombre muy erudito. Tenía la costumbre de preparar sus sermones con mucho cuidado, y solía leerlos con mucha precisión. Así lo hizo durante años, pero nunca se supo de un pecador que se salvara por su predicación; ¡nunca se dio tal maravilla! El pobre buen hombre, pues era un hombre serio y deseaba hacer el bien, estaba un día orando en el púlpito, rogando a Dios que le hiciera un ministro útil. Cuando terminó su oración, estaba totalmente ciego. Tuvo la templanza suficiente para predicar el sermón improvisadamente, el cual había preparado con notas. La gente no se dio cuenta de su ceguera, pero nunca habían oído al doctor predicar un sermón como aquel.
Hubo una profunda atención, hubo almas salvadas. Como pudo, bajó del púlpito y empezó a expresar su profunda pena por haber perdido la vista, cuando una buena anciana que estaba presente dijo, quizá un poco antipáticamente, pero aun así muy sinceramente: "Doctor, nunca le habíamos oído predicar así, y si ese es el resultado de su ceguera, es una lástima que no fuera ciego hace veinte años, porque ha hecho más bien hoy que en veinte años."
Así que no sé si no sería bueno que algunos de nuestros buenos lectores de sermones se quedaran ciegos. Si se vieran obligados a ser menos elaborados en la preparación de sus sermones, a perder alguna media docena de palabras difíciles, que siempre anotan tan pronto como se encuentran con ellas, y las usan como piedras en medio del sermón, si cuando subieran al púlpito, aunque condenados por los críticos por hablar un lenguaje vulgar, hablaran de cosas comunes como las que la gente pobre puede apreciar.
Si solo hicieran esto, estando Dios con ellos, la ausencia de su poder mental sería el medio de un mayor poder espiritual, y tendríamos motivos para dar gracias a Dios: que el hombre se hubiera hecho menos, y que Dios brillara con mayor resplandor.
Porque, al fin y al cabo, ¿qué son muchos sabios sino vidrieras que ocultan la luz? Oh, si tuviéramos más hombres que fueran como el vidrio liso de la cabaña del pobre, para dejar que la luz de Dios brille a través de ellos. Que la iglesia sienta que su poder no es poder mental, sino espiritual. "No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, dice el Señor". Entonces podría usar todo su conocimiento, toda su educación y toda su elocuencia. También los usaría bien si no sintiera que estas no son sus armas en la mano de Dios para derribar fortalezas.
Que Dios añada su bendición por Jesucristo.
EstudiaLaPalabra.org
Traducción: estudialapalabra.org