Idea central
Spurgeon explica qué es la verdadera oración y por qué es poderosa: pedir conforme a la voluntad de Dios, creer firmemente que se recibirá, y descansar en la fidelidad del Padre que no falla a su promesa.
“Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá”.
Este versículo tiene algo que ver con la fe de los milagros, pero creo que se refiere mucho más al milagro de la fe. En todo caso, esta mañana lo consideraremos bajo esa luz. Creo que este texto es la herencia no sólo de los apóstoles, sino de todos aquellos que caminan en la fe de los apóstoles, creyendo en las promesas del Señor Jesucristo. El consejo que Cristo dio a los doce y a sus seguidores inmediatos se nos repite en la Palabra de Dios esta mañana. Que tengamos constantemente la gracia de obedecerlo.
“Todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá". Cuántas personas hay que se quejan de que no disfrutan de la oración. No la descuidan, porque no se atreven, pero la descuidarían si se atrevieran, pues lejos están de encontrar algún placer en ella.
¿Y no tenemos que lamentar que a veces las ruedas del carro se quitan, y conducimos pesadamente cuando estamos en súplica? Pasamos el tiempo asignado, pero nos levantamos de nuestras rodillas sin estar descansados, como un hombre que se ha acostado en su cama, pero no ha dormido como para recuperar realmente sus fuerzas. Cuando llega la hora, la conciencia nos hace arrodillarnos, pero no hay una dulce comunión con Dios. No le contamos nuestras necesidades con la firme convicción de que Él las suplirá.
Después de haber pasado de nuevo por una cierta ronda de expresiones acostumbradas, nos levantamos de nuestras rodillas tal vez más turbados en conciencia y más angustiados en mente de lo que estábamos antes. Creo que hay muchos cristianos que tienen que quejarse de esto: que oran, no tanto porque es algo bendito que se les permita acercarse a Dios, sino porque deben orar, porque es su deber, porque sienten que si no lo hicieran, perderían una de las evidencias seguras de que son cristianos.
Hermanos, no los condeno, pero al mismo tiempo, si puedo ser el medio de elevarlos esta mañana de tan bajo estado de gracia a una atmósfera más elevada y saludable, mi alma se alegrará sobremanera. Si puedo mostrarles un camino más excelente, si de ahora en adelante llegan a considerar la oración como su elemento, como uno de los ejercicios más deliciosos de su vida, si llegan a estimarla más que su alimento necesario, y a valorarla como uno de los mejores privilegios del cielo, ciertamente habré respondido a un gran fin, y tendrán que agradecer a Dios por una gran bendición.
Prestadme atención y os ruego que, en primer lugar, miréis el texto, en segundo lugar, miréis a vuestro alrededor y, por último, miréis sobre ti.
I.En primer lugar, fíjense en el texto.
Si lo observan detenidamente, creo que percibirán las cualidades esenciales que son necesarias para cualquier gran éxito y prevalencia en la oración. De acuerdo a la descripción que nuestro Salvador hace de la oración, siempre debe haber algunos objetos definidos por los que debemos suplicar. Él habla de cosas: "Todo lo que pidiereis". Parece entonces que Él no puso que los hijos de Dios fueran a Él a orar cuando no tienen nada por lo que orar.
Otra cualificación esencial de la oración es el deseo sincero, pues el Maestro supone aquí que cuando oramos tenemos deseos. De hecho, no es oración, puede ser algo parecido a la oración, la forma externa o el esqueleto, pero no es la cosa viva, la cosa todopoderosa que prevalece en todo llamada oración, a menos que haya una plenitud y un desbordamiento de deseos. Obsérvese también que la fe es una cualidad esencial del éxito de la oración: "Creed que lo recibiréis". No puedes orar para ser escuchado en el cielo y respondido a satisfacción de tu alma, a menos que creas que Dios realmente te escucha y te responderá.
Otra calificación aparece aquí en la superficie misma, es decir, que una expectativa realizadora debe ir siempre acompañada de una fe firme: "Creed que lo recibiréis". No crean meramente que "lo recibiréis", sino crean que "lo recibís"; cuéntenlos como si los recibieran, cuéntenlos como si ya los tuvieran, y actúen como si los tuvieran; actúen como si estuvieran seguros de que los tendrían; "crean que lo reciben, y lo tendrán." Repasemos estas cuatro cualidades, una por una.
Para que la oración tenga algún valor, debe haber objetos definidos por los cuales rogar. Hermanos míos, a menudo divagamos en nuestras oraciones buscando esto, aquello y lo otro, y no conseguimos nada porque en cada una de ellas no deseamos realmente nada. Parloteamos sobre muchos temas, pero el alma no se concentra en ningún objeto.
¿No caes a veces de rodillas sin pensar de antemano lo que quieres pedir a Dios? Lo haces por costumbre, sin ningún movimiento de tu corazón. Eres como un hombre que va a una tienda y no sabe qué artículos va a comprar. Tal vez haga una compra feliz cuando esté allí, pero ciertamente no es un plan sabio.
Y así el cristiano en oración puede alcanzar después un deseo real, y conseguir su fin, pero cuánto mejor se apresuraría si habiendo preparado su alma mediante la consideración y el autoexamen, acudiera a Dios por un objeto al que estuviera a punto de apuntar con una petición real. Si pidiéramos una audiencia en la corte de Su Majestad, se esperaría que respondiéramos a la pregunta: "¿Para qué deseas verle?". No se esperaría que fuéramos a la presencia de la Realeza, y luego pensáramos en alguna petición al haber llegado allí.
Lo mismo sucede con el hijo de Dios. Debería poder responder a la gran pregunta: "¿Cuál es tu petición y cuál es tu ruego para que te sea hecho?". Imagínense a un arquero que dispara con su arco, y no sabe dónde está el blanco. ¿Tendría éxito? Imagina un barco en viaje de exploración, que se hace a la mar sin que el capitán tenga la menor idea de lo que busca. ¿Esperas que regrese cargado de descubrimientos científicos o de tesoros de oro?
En todo lo demás tienes un plan. No vas a trabajar sin saber que hay algo que has diseñado hacer, ¿cómo es que vas a Dios sin saber lo que has diseñado tener? Si tuvieras algún objeto, nunca encontrarías que la oración es un trabajo aburrido y pesado; estoy persuadido de que lo anhelarías. Dirías: "tengo algo que quiero. Oh, que pudiera acercarme a mi Dios y pedírselo; tengo una necesidad, quiero satisfacerla, y anhelo estar solo, para poder derramar mi corazón delante de Él, y pedirle esta gran cosa que mi alma anhela tan fervientemente".
Encontrarás que es más útil para tus oraciones, si tienes algunos objetos a los que apuntar, y también si tienes algunas personas a las que mencionarás. No se limiten a suplicar a Dios por los pecadores en general, sino mencionen siempre a algunos en particular. Si eres maestro de escuela dominical, no pidas simplemente que tu clase sea bendecida, sino ora firmemente por tus hijos con su nombre ante el Altísimo. Y si en tu casa hay una misericordia que anhelas, no andes con rodeos, sino sé sencillo y directo en tus súplicas a Dios.
Cuando le ores, dile lo que quieres. Si no tienes suficiente dinero, si estás en la pobreza, si estás en apuros, expón el caso. No uses modestia fingida con Dios. Ve al grano, háblale con sinceridad. Él no necesita ninguna hermosa perífrasis como las que los hombres usan constantemente cuando no quieren decir directamente lo que quieren decir. Si necesitas una misericordia temporal o espiritual, dilo. No busques en la Biblia palabras para expresarlo. Expresa tus deseos con las palabras que naturalmente te surgan. Serán las mejores palabras, no lo dudes.
Las palabras de Abraham fueron las mejores para Abraham, y las tuyas serán las mejores para ti. No necesitas estudiar todos los textos de la Escritura para orar como lo hicieron Jacob y Elías, usando sus expresiones. Si lo haces, no los imitarás. Podrás imitarlos literal y servilmente, pero te faltará el alma que sugería y animaba sus palabras. Ora con tus propias palabras. Habla claramente a Dios, pídele enseguida lo que quieres Nombra a las personas, nombra las cosas, y apunta directamente al objeto de tus súplicas, y estoy seguro de que pronto descubrirás que el cansancio y la torpeza de los que a menudo te quejas en tus intercesiones, ya no caerán sobre ti, o al menos no tan habitualmente como lo han hecho hasta ahora.
"Pero", dice uno, "no siento que tenga ningún objeto especial por el cual orar". Ah, mi querido hermano, no sé quién eres, o dónde vives, para no tener objetos especiales para orar, pues encuentro que cada día trae su necesidad o su problema, y que cada día tengo algo que decirle a mi Dios.
Pero si no tuviéramos ningún problema, mis queridos hermanos, si hubiéramos alcanzado tal altura en la gracia que no tuviéramos nada que pedir, ¿amamos tanto a Cristo que no tenemos necesidad de orar para amarlo más? ¿Tenemos tanta fe que hemos dejado de clamar: "Señor, auméntanosla"? Siempre, estoy seguro, mediante un pequeño autoexamen, descubrirás pronto que hay algún objeto legítimo por el que puedes llamar a la puerta de la misericordia y clamar: "Dame, Señor, el deseo de mi corazón".
Y si no tienes ningún deseo, no tienes más que preguntar al primer cristiano probado que encuentres, y él te hablará de uno. "Oh," te responderá, "si no tienes nada que pedir para ti, ruega por mí. Pide que se recupere una esposa enferma. Ora para que el Señor levante la luz de Su semblante sobre un corazón abatido, pide que el Señor envíe ayuda a algún ministro que ha estado trabajando y gastando sus fuerzas en vano".
Cuando lo hayas hecho por ti mismo, aboga por otros, y si no puedes encontrarte con alguien que pueda sugerirte un tema, mira a esta enorme Sodoma, esta ciudad como otra Gomorra que yace ante ti, llévala constantemente en tus oraciones ante Dios y clama: "Oh, que Londres viva delante de Ti, que su pecado sea detenido, que su justicia sea exaltada, que el Dios de la tierra obtenga para Sí mucho pueblo de esta ciudad".
Igualmente necesario es, con un objeto definido para la oración, que haya un deseo ferviente de alcanzarlo. "Las oraciones frías", dice un antiguo teólogo, "demandan una negación". Cuando pedimos al Señor fríamente y no fervientemente, hacemos como si detuviéramos Su mano y le impedimos que nos dé la misma bendición que pretendemos estar buscando.
Cuando tienes tu objeto en la mira, tu alma debe estar tan llena por el valor de ese objeto, por tu propia necesidad excesiva de él, por el peligro que correrás a menos que ese objeto te sea concedido, que te verás obligado a suplicar por él como un hombre suplica por su vida.
Hubo una hermosa ilustración de la verdadera oración dirigida al hombre en la conducta de dos nobles damas, cuyos maridos fueron condenados a muerte y estaban a punto de ser ejecutados, cuando se presentaron ante el rey Jorge y suplicaron su perdón. El rey las rechazó con rudeza y crueldad. Jorge I, era este. Y cuando suplicaron una vez más, y otra, y otra, no pudieron levantarse de sus rodillas, e incluso tuvieron que ser arrastradas fuera de la corte, porque no se retiraron hasta que el rey les sonrió y les dijo que sus maridos iban a vivir. Desgraciadamente fracasaron, pero fueron mujeres nobles por su perseverancia en suplicar por la vida de sus maridos.
Así es como debemos orar a Dios. Debemos tener tal deseo por la cosa que queremos, que no nos levantaremos hasta que la tengamos; pero, no obstante, en sumisión a Su divina voluntad. Sintiendo que la cosa que pedimos no puede ser equivocada, y que Él mismo la ha prometido, hemos resuelto que debe ser dada, y si no es dada, reclamaremos la promesa una y otra vez, hasta que las puertas del cielo tiemblen antes de que cesen nuestras súplicas.
No es de extrañar que Dios no nos haya bendecido mucho últimamente, porque no somos fervientes en la oración como deberíamos serlo. Oh, esas oraciones frías que mueren en los labios, esas súplicas congeladas, no conmueven los corazones de los hombres, ¿cómo habrían de conmover el corazón de Dios? no salen de nuestras propias almas, no brotan de los profundos manantiales secretos de lo más íntimo de nuestro corazón, y por lo tanto no pueden elevarse hasta Aquel que sólo escucha el clamor del alma, ante quien la hipocresía no puede tejer ningún velo, ni la formalidad practicar ningún disfraz. Debemos ser sinceros, de lo contrario no tenemos derecho a esperar que el Señor escuche nuestra oración.
Y, ciertamente, hermanos míos, bastaría con refrenar toda ligereza y constreñir una seriedad incesante, si comprendiéramos la grandeza del Ser ante quien suplicamos. ¿Vendré a Tu presencia, oh, mi Dios, y me burlaré de Ti con palabras frías? ¿Acaso los ángeles velan sus rostros ante Ti, y yo me contentaré con parlotear a través de una forma sin alma y sin corazón? ¡Ah, hermanos míos! nosotros poco sabemos cuántas de nuestras oraciones son una abominación para el Señor. Sería una abominación para ti y para mí oír a los hombres pedirnos en la calle, como si no quisieran lo que piden. Pero ¿no hemos hecho lo mismo a Dios? Lo que es la mayor bendición del cielo para el hombre, ¿no se ha convertido para nosotros en un árido deber muerto?
Se dijo de John Bradford que tenía un arte peculiar en la oración, y cuando se le preguntó por su secreto, dijo: "Cuando sé lo que quiero, siempre me quedo en esa oración hasta que siento que lo he suplicado a Dios, y hasta que Dios y yo hemos tenido tratos entre sí al respecto. Nunca continúo con otra petición hasta que he terminado con la primera".
Ay de algunos hombres que comienzan "Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre", y antes de haberse dado al pensamiento adorador de la frase: "santificado sea tu nombre", han comenzado a repetir las siguientes palabras: "Venga a nosotros tu reino", entonces tal vez algo les asalte la mente: "¿Realmente deseo que venga su reino? Si viniera ahora, ¿dónde estaría yo?". Y mientras están pensando en eso, su voz sigue con "Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo", así que mezclan sus oraciones y dirigen las frases juntas.
Detente en cada una hasta que la hayas orado de verdad. No intentes poner dos flechas en la cuerda a la vez, ambas fallarán. Aquel que cargue su arma con dos cargas no puede esperar tener éxito. Descarga primero un tiro, y luego carga de nuevo. Suplica una vez a Dios y prevalece, y luego suplica de nuevo. Conseguid la primera misericordia, y luego id de nuevo por la segunda. No te conformes con mezclar los colores de tus oraciones, hasta que no quede más que una gran mancha, un manchón de colores mal colocados.
Fíjate en el propio Padre Nuestro. Qué contornos tan claros y nítidos hay en él. Hay ciertas misericordias definidas, y no se entrecruzan unas con otras. Ahí está, y al mirarlo en su conjunto es un cuadro magnífico, no confusión, sino hermoso orden. Que así sea con tus oraciones. Quédate en una hasta que hayas prevalecido con ella, y luego pasa a la siguiente. Con objetos definidos y con fervientes deseos mezclados, está el amanecer de la esperanza de que prevaleceréis ante Dios.
Pero además, estas dos cosas no servirían de nada si no estuvieran mezcladas con una cualidad aún más esencial y divina, a saber, una firme fe en Dios. Hermanos, ¿creen en la oración? Sé que oran porque son el pueblo de Dios, pero ¿creen en el poder de la oración? Hay muchos cristianos que no lo creen, creen que es algo bueno, y creen que a veces hace maravillas, pero no creen que la oración, la verdadera oración, tenga siempre éxito. Piensan que su efecto depende de muchas otras cosas, pero que no tiene ninguna cualidad o poder esencial en sí misma.
Ahora bien, la convicción de mi propia alma es que la oración es el poder más grandioso de todo el universo, que tiene una fuerza más omnipotente que la electricidad, la atracción, la gravitación o cualquier otra de esas fuerzas secretas a las que los hombres han dado nombres, pero que no comprenden.
La oración tiene una influencia tan palpable, tan verdadera, tan segura, tan invariable sobre el universo entero como cualquiera de las leyes de la materia. Cuando un hombre ora de verdad, no se trata de si Dios le oirá o no, Él debe oírle, no porque haya alguna obligación en la oración, sino que hay una dulce y bendita obligación en la promesa. Dios ha prometido oír la oración y cumplirá su promesa. Como Él es el Dios altísimo y verdadero, no puede negarse a Sí mismo.
¡Oh, pensar en esto!, que un hombre insignificante puede estar aquí y hablar con Dios, y a través de Dios puede mover todos los mundos. Sin embargo, cuando tu plegaria sea escuchada, la creación no será perturbada, aunque los fines más grandiosos sean respondidos, la providencia no será desordenada ni por un solo momento. Ni una hoja caerá antes del árbol, ni una estrella se desviará de su curso, ni una gota de agua goteará más lentamente de su fuente, todo seguirá igual, y sin embargo tu oración lo habrá efectuado todo.
Hablará a los decretos y propósitos de Dios, tal como se están cumpliendo diariamente, y todos ellos gritarán a tu oración y clamarán: "Tú eres nuestro hermano, nosotros somos decretos y tú una oración, pero tú mismo eres un decreto, tan viejo, tan seguro, tan antiguo como nosotros". Nuestras oraciones son los decretos de Dios en otra forma. Las oraciones del pueblo de Dios no son sino las promesas de Dios exhaladas de corazones vivos, y esas promesas son los decretos, sólo que puestos en otra forma y manera.
No digas: "¿Cómo pueden mis oraciones afectar a los decretos?". No pueden, excepto en la medida en que vuestras oraciones son decretos, y que tal como salen, cada oración que es inspirada del Espíritu Santo a vuestra alma es tan omnipotente y tan eterna como aquel decreto que dijo: "Sea la luz, y fue la luz", o como aquel decreto que eligió a Su pueblo, y ordenó su redención por la preciosa sangre de Cristo.
Tienes poder en la oración, y hoy te encuentras entre los ministros más poderosos del universo que Dios ha creado. Tienes poder sobre los ángeles, volarán a tu voluntad. Tienes poder sobre el fuego, el agua y los elementos de la tierra. Tienes poder para hacer oír tu voz más allá de las estrellas, donde los truenos se apagan en el silencio, tu voz despertará los ecos de la eternidad. El oído de Dios mismo escuchará, y la mano de Dios se someterá a tu voluntad. Él te ordena gritar: "Hágase tu voluntad", y tu voluntad se hará. Cuando puedas reclamar Su promesa entonces tu voluntad es Su voluntad.
¿No les parece, mis queridos amigos, algo asombroso tener tal poder en las manos como para poder orar? Ustedes han oído hablar algunas veces de hombres que pretendían tener un poder extraño y místico por medio del cual podían llamar a los espíritus de las vastas profundidades, por medio del cual podían hacer llover o detener el sol. Todo era producto de la imaginación, pero si fuera cierto, el cristiano es un mago aún mayor.
Si sólo tiene fe en Dios, no hay nada imposible para él. Será liberado de las aguas más profundas; será rescatado de los problemas más dolorosos; del hambre será saciado; de la peste saldrá ileso; en medio de la calamidad caminará firme y fuerte; en la guerra estará siempre protegido; y en el día de la batalla levantará su cabeza, si tan sólo puede creer la promesa, y sostenerla ante los ojos de Dios, y reclamarla con el hechizo de una confianza inquebrantable.
No hay nada, lo repito, no hay fuerza tan tremenda, no hay energía tan maravillosa, como la energía con la que Dios ha dotado a cada hombre, que como Jacob puede luchar, como Israel puede prevalecer con Él en la oración. Pero debemos tener fe en esto, debemos creer que la oración es lo que es o de lo contrario no será lo que debería ser. A menos que yo crea que mi oración es eficaz, no lo será, porque de mi fe dependerá en gran medida. Dios puede darme la misericordia aunque yo no tenga fe, eso será Su propia gracia soberana, pero no ha prometido hacerlo.
Pero cuando tengo fe y puedo reclamar la promesa con ferviente deseo, ya no es una probabilidad si obtendré la bendición, o si se hará mi voluntad. A menos que el Eterno se aparte de Su Palabra, a menos que el juramento que ha dado sea revocado, y Él mismo deje de ser lo que es, "Sabemos que tenemos las peticiones que le hacemos".
Y ahora, para subir un peldaño más, junto con los objetos definidos, los deseos fervientes y la fe firme en la eficacia de la oración, debería haber, ¡oh, que la gracia divina lo haga así con nosotros!, una expectativa realizadora. Deberíamos ser capaces de contar las misericordias antes de obtenerlas, creyendo que están en camino.
Leyendo el otro día un buen librito, que me gustaría recomendar a todos ustedes, escrito por un autor norteamericano que parece conocer a fondo el poder de la oración, y con el que estoy en deuda por muchas cosas buenas, un librito llamado “la hora de la quietud”, me encontré con una referencia a un pasaje del Libro de Daniel, el décimo capítulo, creo, donde, como él dice, toda la mecánica de la oración parece quedar al descubierto.
Daniel está de rodillas en oración, y el arcángel Miguel se le acerca. Habla con él y le dice que tan pronto como Daniel comenzó a poner su corazón para entender, y para humillarse ante Dios, sus palabras fueron escuchadas, y el Señor había enviado al ángel. Entonces le dice de la manera más amable del mundo: "Mas el príncipe del reino de Persia se me opuso durante veintiún días; pero he aquí Miguel, uno de los principales príncipes, vino para ayudarme, y quedé allí con los reyes de Persia. He venido para hacerte saber lo que ha de venir a tu pueblo en los postreros días".
Vean ahora, Dios infunde el deseo en nuestros corazones, y tan pronto como el deseo está allí, antes de que llamemos, Él comienza a responder. Antes de que las palabras hayan llegado a la mitad del camino hacia el cielo, mientras todavía están temblando en nuestros labios, sabiendo las palabras que queremos decir, Él comienza a responderlas, envía al ángel, el ángel viene y trae la bendición necesaria. Si pudieras verlo con tus ojos, sería una revelación.
Algunas personas piensan que las cosas espirituales son sueños, y que estamos hablando de fantasías. No, yo creo que hay tanta realidad en la oración de un cristiano como en un relámpago, y la utilidad y la excelencia de la oración de un cristiano pueden conocerse tan sensiblemente como el poder del relámpago cuando desgarra el árbol, rompe sus ramas y lo parte hasta la raíz misma.
La oración no es una fantasía o ficción, es algo real, que coacciona al universo, que ata con grilletes las propias leyes de Dios, y que obliga al Alto y Santo a escuchar la voluntad de su pobre pero favorecida criatura humana. Pero necesitamos creerlo siempre. Necesitamos una seguridad realizadora en la oración. Contar las misericordias antes de que lleguen. Estar seguros de que vendrán. Actuar como si las tuviéramos.
Cuando hayas pedido el pan de cada día, no te preocupes más, sino cree que Dios te ha escuchado y te lo dará. Cuando has llevado el caso de tu hijo enfermo ante Dios, creer que el niño se recuperará, o si no lo hiciera, que será una mayor bendición para ti y más gloria para Dios, y así dejárselo a Él. Poder decir: "Sé que Él me ha escuchado ahora, me mantendré en mi atalaya, buscaré a mi Dios y oiré lo que dirá a mi alma".
¿Alguna vez te has sentido decepcionado, cristiano, cuando has orado con fe y esperabas la respuesta? Doy mi propio testimonio aquí esta mañana, de que nunca he confiado en Él y me ha fallado. He confiado en el hombre y he sido engañado, pero mi Dios nunca me ha negado la petición que le he hecho cuando he respaldado la petición con la creencia en Su voluntad de escuchar, y en la seguridad de Su promesa.
Pero oigo a alguien decir: "¿Podemos orar por lo temporal?". Sí, podéis. En todo da a conocer tus deseos a Dios. No sólo por lo espiritual, sino por las preocupaciones cotidianas. Lleva tus pruebas más pequeñas ante Él. Él es un Dios que escucha la oración, Él es el Dios de tu hogar así como el Dios del santuario. Lleva siempre todo lo que tienes ante Dios. Como un buen hombre, que está a punto de unirse a esta iglesia, me dijo de su difunta esposa: "Oh", dijo, "ella era una mujer a la que nunca podía conseguir que hiciera nada hasta que ella lo hubiera convertido en un asunto de oración. Sea como fuere, ella solía decir: 'Debo hacer de ello un asunto de oración'".
Oh, que haya más de este dulce hábito de ponerlo todo delante del Señor, tal como Ezequías hizo con la carta de Rabsaces, y dejándola allí, diciendo: "Hágase tu voluntad, yo te la entrego". Los hombres dicen que el señor Muller de Bristol es entusiasta, porque reúne a setecientos niños y cree que Dios proveerá para ellos, aunque a menudo no haya nada en la bolsa, sin embargo él cree que vendrá.
Mis queridos hermanos, él no es un entusiasta, sólo está haciendo lo que debería ser la acción común de todo cristiano. Está actuando conforme a una regla de la que el mundano siempre ha burlarse, porque no la entiende, un sistema que siempre debe parecerle al débil juicio del sentido común, visionario y romántico, pero que nunca le parecerá así al hijo de Dios. Él no actúa sobre la base del sentido común, sino sobre algo más elevado que el sentido común: sobre la base de una fe poco común. ¡Oh, que tuviéramos esa fe poco común para tomarle a Dios la palabra! Él no puede permitir y no permitirá que el hombre que confía en Él sea avergonzado o confundido.
Así, pues, he expuesto ante ustedes, lo mejor que he podido, lo que considero que son cuatro puntos esenciales para que prevalezca la oración: "Todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá".
II.Después de pedirles que miren el texto, quiero que miren a su alrededor.
Mira a tu alrededor en nuestras reuniones de oración, y mira a tu alrededor en tus intercesiones privadas, y juzga a ambos con el contenido de este texto.
En primer lugar, miren a su alrededor en las reuniones de oración, no puedo hablar muy claramente sobre este asunto, porque honestamente creo que las reuniones de oración que se celebran normalmente entre nosotros, tienen muchos menos de los defectos que estoy a punto de indicar, que cualquier otra a la que haya asistido. Pero aun así, tienen algunos de los defectos, y espero que lo que vamos a decir será tomado personalmente por cada hermano que tiene el hábito de participar públicamente en la súplica en las reuniones de oración.
¿No es un hecho, que tan pronto como entras en la reunión, sientes que si eres llamado a orar, tienes que ejercer un don? Y ese don, en el caso de muchos hombres que oran (para hablar apenas tal vez, como pienso honestamente) radica en tener una buena memoria para recordar una gran cantidad de textos que siempre se han citado desde los días del abuelo de nuestro abuelo, y ser capaz de repetirlos en buen orden regular. El don reside también en algunas iglesias, especialmente en las iglesias de pueblo, en tener unos pulmones fuertes, para poder aguantar, sin tomar aliento durante cinco y veinte minutos cuando se es breve, y tres cuartos de hora cuando se es más bien prolongado.
El don reside también en ser capaz de no pedir nada en particular, sino de pasar por una variedad de todo, haciendo de la oración, no una flecha con punta, sino más bien como un aparato indescriptible que no tiene punta alguna, y sin embargo pretende ser todo punta, que apunta a todo, y en consecuencia no golpea nada.
Estos hermanos son a menudo los que con más frecuencia se les pide que oren, pues tienen esos dones peculiares, y tal vez excelentes, aunque ciertamente debo decir que no puedo obedecer el mandato del apóstol de codiciar muy fervientemente tales dones.
Ahora, si en lugar de eso, se le pide que ore a algún hombre que nunca antes ha orado en público, supón que se levanta y dice: "¡Oh, Señor, me siento tan pecador que apenas puedo hablarte, Señor, ayúdame a orar! ¡Oh, Señor, salva mi pobre alma! ¡Oh, Señor, salva a mis viejos compañeros! Señor, bendice a nuestro ministro, concédenos un avivamiento. Oh, Señor, no puedo decir más, ¡escúchame por amor de Jesús! Amén". Pues bien, de algún modo sientes como si tú mismo hubieras comenzado a orar. Sientes interés por ese hombre, en parte por temor a que se detenga, y también porque estás seguro de que lo que dijo, lo dijo en serio.
Y si otro se levanta después de eso, y ora con el mismo espíritu, sales y dices: "Esta es la verdadera oración". Yo preferiría tener tres minutos de oración así, que treinta minutos del otro tipo, porque uno está orando, y el otro está predicando.
Permítanme citar lo que dijo un viejo predicador sobre el tema de la oración, y dárselo como un pequeño consejo: "Recuerden, el Señor no los escuchará por la aritmética de sus oraciones, Él no cuenta sus números. No te escuchará por la retórica de tus oraciones, no le importa el lenguaje elocuente en que se expresan. No os escuchará por la geometría de vuestras oraciones, no las computa por su longitud ni por su anchura. No os mirará por la música de vuestras oraciones, no le importan las voces dulces, ni los períodos armoniosos. Tampoco os mirará por la lógica de vuestras oraciones, porque estén bien ordenadas y excelentemente segmentadas. Sino que Él te escuchará, y medirá la cantidad de la bendición que te dará según la teología de tus oraciones. Si podéis invocar la persona de Cristo, y si el Espíritu Santo os inspira celo y fervor, las bendiciones que pidáis os llegarán con toda seguridad".
Hermanos, me gustaría quemar toda la reserva de viejas oraciones que hemos estado usando estos cincuenta años. Ese "aceite que va de vasija en vasija", ese "caballo que se precipita a la batalla", ese texto mal citado, "Donde dos o tres se reúnen, tú estarás en medio de ellos, y eso para bendecirlos", y todas esas otras citas que hemos estado fabricando, acomodando, y copiando de hombre a hombre.
Quisiera que habláramos con Dios de corazón. Sería algo grandioso para nuestras reuniones de oración, serían más concurridas, y estoy seguro que serían más fructíferas, si cada hombre se sacudiera ese hábito de formalidad y le hablara a Dios como un niño le habla a su padre, le pidiera lo que quiere, y luego se sentara y terminara.
Lo digo con toda seriedad cristiana. A menudo, porque no he elegido orar en ninguna forma convencional, la gente ha dicho: "¡Ese hombre no es reverente!". Mi querido señor, usted no es juez de mi reverencia. Ante mi propio Maestro, estoy de pie o caigo. No creo que Job citara a nadie. No creo que Jacob citara al viejo santo en el cielo, su padre Abraham. No creo que Jesucristo citara las Escrituras en la oración. No oraban con palabras ajenas, sino con las suyas propias.
Dios no quiere que vayas recogiendo esas excelentes, pero muy mohosas especias del antiguo santuario. Él quiere el aceite nuevo recién destilado del olivo fresco de tu propia alma. Quiere especias e incienso, no de los viejos cofres, donde han estado reposando hasta perder su sabor, sino que quiere incienso fresco y mirra fresca, traídos del Ofir de la experiencia de tu propia alma. Procura orar de verdad, no aprendas el lenguaje de la oración, sino busca el espíritu de la oración, y Dios Todopoderoso te bendecirá y te hará más poderoso en tus súplicas.
He dicho: "Mirad a vuestro alrededor". Quiero que continúen la obra y miren alrededor de sus propios cuartos. Oh, hermanos y hermanas, no hay lugar en el que algunos de nosotros debamos avergonzarnos tanto de mirar como la puerta de nuestro cuarto. No puedo decir que las bisagras estén oxidadas, sino que se abren y se cierran a su debido tiempo. No puedo decir que la puerta esté cerrada y llena de telarañas. No descuidamos la oración en sí, pero esas paredes, esas vigas de la pared, ¡qué historia podrían contar!
"¡Oh!", podría gritar el muro, "te he oído cuando has tenido tanta prisa que apenas has podido pasar dos minutos con tu Dios, y te he oído también, cuando no estabas ni dormido ni despierto, y cuando no sabías lo que decías".
Entonces una viga podría gritar: "Te he oído venir y pasar diez minutos sin pedir nada, al menos tu corazón no pedía. Los labios se movían, pero el corazón callaba". Cómo podría gritar otra viga: "¡Oh! Te he oído gemir con el alma, pero te he visto irte desconfiado, sin creer que tu oración fuera escuchada, citando la promesa pero sin pensar que Dios la cumpliría".
Seguramente las cuatro paredes del cuarto podrían juntarse y caer sobre nosotros en su ira, porque hemos insultado a Dios tan a menudo con nuestra incredulidad y con nuestra prisa, y con toda clase de pecados. Le hemos insultado incluso en Su propiciatorio, en el lugar donde Su condescendencia se manifiesta más plenamente.
¿No es así con ustedes? ¿No debemos confesarlo cada uno a nuestro turno? Procurad, pues, hermanos cristianos, enmendaros, y que Dios os haga más poderosos y más exitosos en vuestras oraciones hasta ahora.
III. Pero para no tardarte, el último punto es, mira hacia arriba, mira sobre ti.
Mirad arriba, hermanos y hermanas cristianos, y lloremos. Oh, Dios, nos has dado un arma poderosa, y hemos permitido que se oxide. Nos has dado lo que es poderoso como Tú mismo, y hemos dejado que ese poder yazca dormido. ¿No sería un crimen vil si a un hombre se le diera un ojo que no abriera, o una mano que no levantara, o un pie que se pusiera rígido porque no lo usara? Y qué debemos decir de nosotros mismos cuando Dios nos ha dado poder en la oración, un poder incomparable, lleno de bendiciones para nosotros y de innumerables misericordias para los demás, y sin embargo ese poder permanece inactivo.
Oh, si el universo estuviera tan quieto como nosotros, ¿dónde estaríamos? Oh, Dios, Tú das luz al sol, y brilla con ella. Tú das luz incluso a las estrellas y centellean. A los vientos Tú les das fuerza y soplan. Y al aire le das vida y se mueve, y los hombres respiran por él. Pero a tu pueblo le has dado un don que es mejor que la fuerza, la vida y la luz y, sin embargo, permite que se quede quieto. Olvidando casi que tienen el poder, rara vez lo ejercen, aunque sería bendito para innumerables miríadas. Llora, cristiano.
Constantino, el emperador de Roma, vio que en las monedas de los otros emperadores, sus imágenes estaban en una postura erguida, triunfando. En su lugar, ordenó que su imagen se acuñara arrodillada, pues dijo: "Así es como he triunfado". Nunca triunfaremos hasta que nuestra imagen sea forjada de rodillas. La razón por la que hemos sido derrotados, y por la que nuestros estandartes yacen en el polvo, es porque no hemos orado.
Volved a vuestro Dios, con dolor, confesad ante Él, hijos de Efraín, que estuvisteis armados y llevasteis arcos, pero disteis la espalda en el día de la batalla. Id a vuestro Dios y decidle que si las almas no se salvan, no es porque Él no tenga poder para salvar, sino porque vosotros nunca habéis sufrido dolores como de parto por los pecadores que perecen. Tus entrañas no han sonado como un arpa por Kir-haresh, ni tu espíritu se ha conmovido a causa de las defensas de la tribu de Rubén.
Despertad, despertad, pueblo de Israel, asombraos, ustedes descuidados, que habéis descuidado la oración, pecadores que sois los propios de Sión, y que habéis estado tranquilos. Despertad vosotros mismos, luchad y contended con vuestro Dios, y entonces vendrá la bendición, la lluvia temprana y tardía de Su misericordia, y la tierra producirá abundantemente, y todas las naciones lo llamarán bendito. Levantad entonces la vista y llorad.
Una vez más mira hacia arriba y regocíjate. Aunque hayas pecado contra Él, Él te ama todavía. No has orado a Él ni has buscado Su rostro, pero he aquí que Él clama a ti todavía: "Buscad mi rostro," y no dice: "Buscadme en vano." Tal vez no hayas ido a la fuente, pero fluye tan libremente como antes. Has cerrado tus ojos a ese sol, pero todavía brilla sobre ti con todo su esplendor. Tú no te has acercado a Dios, pero Él espera ser clemente todavía, y está listo para oír todas tus peticiones. He aquí, Él os dice: “Preguntadme de las cosas por venir; mandadme acerca de mis hijos". ¡Qué cosa tan bendita es que el Maestro en el cielo esté siempre listo para oír!
Agustín tiene un pensamiento muy hermoso sobre la parábola del hombre que llamó a la puerta de su amigo a medianoche, diciendo: "Amigo, dame tres panes". Su paráfrasis dice algo así: "Llamo a la puerta de la misericordia, y es de noche". ¿No vendrá alguno de los criados de la casa a responderme?". No, llamo, pero duermen. Oh, apóstoles de Dios, mártires glorificados, estáis dormidos, descansáis en vuestras camas, no podéis oír mi oración. Pero, ¿no responderán los niños? ¿No hay niños dispuestos a venir a abrir la puerta a su hermano? No, están dormidos. Mis hermanos que se han ido, con quienes tomé dulce consejo, y que fueron los compañeros de mi corazón, no podéis responderme, pues descansáis en Jesús, vuestras obras os siguen, pero no podéis trabajar para mí. Pero mientras los siervos duermen, y mientras los hijos no pueden responder, el Maestro está despierto; despierto también a medianoche. Puede ser medianoche con mi alma, pero Él me oye, y cuando estoy diciendo: "Dame tres panes," Él viene a la puerta y me da tanto como necesito.
Cristiano, mira hacia arriba y alégrate. Siempre hay un oído abierto si tienes una boca abierta. Siempre hay una mano lista si tienes un corazón listo. No tienes más que clamar y el Señor oye, es más, antes de que clames Él responderá, y mientras estés hablando Él oirá. Oh, no te demores entonces en orar. Vayan a Él cuando lleguen a su casa, es más, en el mismo camino levanten sus corazones silenciosamente, y cualquiera que sea su petición o solicitud, pídanla en el nombre de Jesús, y les será hecha.
Una vez más, mirad hacia arriba, queridos hermanos cristianos, y enmendad vuestras oraciones de ahora en adelante. Mirad la oración no ya como una ficción romántica o como un arduo deber, miradla como un poder real, como un verdadero placer. Cuando los filósofos descubren algún poder latente, parecen tener el deleite de ponerlo en acción.
Creo que ha habido muchos grandes ingenieros que han diseñado y construido algunas de las obras humanas más maravillosas, no porque fueran remuneradas, sino simplemente por amor a mostrar su propio poder para realizar maravillas. Para mostrar al mundo lo que la habilidad podía hacer y lo que el hombre podía lograr, han tentado a las empresas con especulaciones que nunca podrían remunerar aparentemente, por lo que he podido ver, con el fin de tener la oportunidad de mostrar su ingenio.
Oh, hombres cristianos, y si un gran ingeniero intentara grandes obras y desplegara su poder, y ustedes, que tienen un poder más poderoso que el que jamás haya ejercido hombre alguno aparte de su Dios, ¿dejarían que eso sucediera? Es más, piensa en algún gran objetivo, fortalece los tendones de tu súplica por él. Deja que cada vena de tu corazón se llene hasta el borde con la rica sangre del deseo, y lucha, pelea, y briega con Dios por él, usando las promesas y declarando los atributos, y ve si Dios no te concede el deseo de tu corazón.
Te reto hoy a que superes en oración la generosidad de mi Maestro. “Te lanzo el guante”. Cree que Él es más de lo que es, abre tu boca tanto que Él no pueda llenarla, acude a Él ahora por más fe de la que justifica la promesa, atrévete, arriésgate, supera al Eterno si es posible, inténtalo. O como yo lo diría mejor, toma tus peticiones y deseos y ve si Él no te honra. Prueba si Él no cumplirá la promesa, y te bendice ricamente con el aceite de la unción de Su Espíritu por el cual serás fuerte en la oración.
No puedo abstenerme de añadir estas pocas sílabas antes que os marchéis. Sé que algunos de vosotros no habéis orado nunca en vuestra vida. Han dicho una forma de oración tal vez durante muchos años, pero nunca han orado ni una sola vez. Ah, pobre alma, debes nacer de nuevo, y hasta que no nazcas de nuevo no puedes orar como he estado indicando al cristiano que ore. Pero permíteme decirte esto. ¿Anhela tu corazón la salvación? ¿Te ha susurrado el Espíritu: "Ven a Jesús, pecador, Él te oirá"?
Cree en ese susurro, pues Él te escuchará. La oración del pecador despierto es aceptable para Dios. Él oye a los quebrantados de corazón y también los sana. Lleva tus gemidos y tus suspiros a Dios, y Él te responderá. "Ah", dice uno, "no tengo nada que reclamar". Bien, pero suplica como lo hizo David: "Perdona mi iniquidad, porque es grande". Tú tienes esa súplica: tu iniquidad es muy grande. Entonces suplica esa sangre preciosa, esa súplica que prevalece y di: "Por amor de quien derramó su sangre," y prevalecerás, pecador.
Pero no vayas a Dios y le pidas misericordia con tu pecado en la mano. ¿Qué pensarías del rebelde que se presentara ante el rostro de su soberano y pidiera perdón con el puñal clavado en el cinto, y con la declaración de su rebelión en el pecho? ¿Merecería ser perdonado? No podría merecerlo en ningún caso, y seguramente merecería doble condena por haberse burlado así de su señor mientras fingía buscar clemencia.
Si una esposa hubiera abandonado a su marido, ¿piensas que imprudentemente, con descaro, debería regresar y pedirle perdón apoyada en el brazo de su amante? No, ella no debería tener tal desfachatez, y, sin embargo, así sucede contigo: tal vez pides misericordia y continúas en pecado; ruegas reconciliarte con Dios, y, sin embargo, albergas y complaces tu lujuria. ¡Despierta! Despierta e invoca a tu Dios, tú que duermes.
El barco se está acercando a la roca, tal vez mañana golpee y sea zarandeado, y tú serás arrojado a las profundidades insondables de la aflicción eterna.
Invoca a tu Dios, te digo, y cuando lo invoques, desecha tu pecado o Él no podrá oírte. Si levantas tus manos impías con una mentira en tu mano derecha, de nada vale una oración en tus labios. Oh, vengan a Él, díganle: "Quita toda iniquidad, recíbenos con gracia, ámanos gratuitamente," y Él los oirá, y ustedes orarán como príncipes imperantes, y un día estarán de pie como más que vencedores ante el trono estelar de Aquel que siempre reina, Dios sobre todo, bendito por los siglos de los siglos.
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Traducción: estudialapalabra.org