A las pruebas de la conducta (1:6-7) y de la obediencia (2:3-6), Juan suma la tercera y más penetrante: el amor. Pero primero juega con una aparente contradicción:
«Hermanos, no os escribo mandamiento nuevo, sino el mandamiento antiguo que habéis tenido desde el principio... Sin embargo, os escribo un mandamiento nuevo, que es verdadero en él y en vosotros, porque las tinieblas van pasando, y la luz verdadera ya alumbra.»
Antiguo y nuevo a la vez
¿Antiguo o nuevo? Las dos cosas, y a propósito. Es antiguoporque no es una novedad de Juan: sus lectores lo tienen «desde el principio» — desde que oyeron el evangelio. Amar al prójimo estaba ya en la ley (Levítico 19:18); Juan no inventa doctrina, y con eso desarma a los falsos maestros, que seducían precisamente con «novedades» (Akin, 2001). Frente a toda religión de última moda, la fe cristiana envejece bien: lo que salvó a tus abuelos te salva a ti.
Pero es nuevo porque Jesús lo hizo nuevo: «Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado» (Juan 13:34). Lo nuevo no es el mandato sino la medida — el amor de Cristo hasta la cruz — y la era: «las tinieblas van pasando, y la luz verdadera ya alumbra». Con la venida de Cristo amaneció el nuevo día, y este mandamiento es «verdadero en él» (Él lo encarnó) «y en vosotros» (el Espíritu lo va haciendo real en los creyentes) (Stott, 1988; Hiebert, 1991).
La prueba: quién amas dice dónde estás
«El que dice que está en la luz, y aborrece a su hermano, está todavía en tinieblas. El que ama a su hermano, permanece en la luz, y en él no hay tropiezo.»
Tercera vez que Juan cita al que «dice» algo de sí mismo. La afirmación ahora es «estoy en la luz» — y la refutación no es doctrinal sino relacional: aborrece a su hermano. Puedes recitar el credo sin error y estar «todavía en tinieblas» si el rencor gobierna tu trato con los hermanos. En Juan no hay tercera casilla entre amar y aborrecer: la indiferencia sostenida hacia el pueblo de Dios es una forma educada de aborrecer (Akin, 2001).
Del que ama, en cambio, se dicen dos cosas: «permanece en la luz» — el amor es el clima natural del que vive expuesto a Dios — y «en él no hay tropiezo» (skándalon): ni tropieza él, ni es piedra de tropiezo para otros. Cuánto daño a la fe de muchos ha venido no de los argumentos de los ateos sino de los pleitos de los creyentes; el que ama no pone esa piedra en el camino de nadie.
El odio es una ceguera que no se siente
«Pero el que aborrece a su hermano está en tinieblas, y anda en tinieblas, y no sabe a dónde va, porque las tinieblas le han cegado los ojos.»
Nota la progresión: está en tinieblas, anda en tinieblas, no sabe a dónde va, está ciego. El rencor no es un pecado que se queda quieto: desorienta. El que odia siempre cree ver clarísimo — ve cada falta del otro con lupa — pero no ve lo principal: ni su propio corazón, ni a dónde lo lleva el camino. Por eso el resentimiento se justifica tan bien a sí mismo: el ciego no sabe que lo es (Calvino, 1551/1994, sobre 2:11). Ninguna persona amargada se describe como amargada; dice que es «realista».
Para ti, hoy
No respondas en abstracto («yo amo a los hermanos»): Juan no permite abstracciones. Pon nombre: ¿hay un hermano — en tu iglesia, en tu familia — al que evitas, del que hablas mal, cuyo bien no te alegra? Esa relación es el examen de este pasaje. Da esta semana un paso concreto y costoso: ora por esa persona con nombre, busca la conversación pendiente, sirve donde no te vean. El amor bíblico no es un sentimiento que esperas sino un mandamiento que obedeces — y al obedecerlo, dice Juan, comprobarás dónde estás: en la luz.